martes, 14 de julio de 2015

La Tramacúa

Salí hasta la terraza de la casa de Mapache para esperar el taxi que acababa de pedir por teléfono. El sueño que sentía me pesaba sobre los ojos. Era como si dos enormes bloques de hierro se colgaran y se balancearan sobre mis pestañas para obligarme a cerrarlos. La bocina del taxi me hizo brincar de la cómoda pared sobre la que me había recostado para recordarme del servicio que solicité. Salí y me subí a este.

-Buenos días, dijo el señor.
[Me asomé por la ventana para tratar de saber la hora, pero todavía el cielo estaba muy oscuro].
-A esta hora uno no sabe si es de madrugada o de noche, le contesté.
-En ese caso, son las 4:44 Am
-Entonces digamos que buenas madrugadas. Me lleva por favor, a la Tramacúa -Y antes de terminar esta frase, posé mi vista sobre el retrovisor para observar su expresión. Inmediatamente me encontró su mirada con una inevitable reacción de impresión y un extraño gesto de condescendencia. 

Minutos después ya estábamos a las afueras de la ciudad. Miré el celular: 5:01 Am. Le dejé el pago y le agradecí por su servicio. El señor me deseó buena suerte.

Me bajé en medio de la oscuridad y de lo primero que me percaté, fue del murmullo de una multitud que no lograba encontrar a primera vista. El taxi dio una vuelta para regresar hacia la ruta que conduce a la ciudad, y con sus luces alumbró la entrada y los alrededores del sitio. Distinguí un enrejado que parecía ser la entrada; conté aproximadamente a 50 mujeres que hacían una fila. Habían pares de zapatos entre unas y otras, que daban cuenta de un cuerpo sin presencia física que estaba en turno también. Escuché insultos, comentarios airados, quejas y reclamos. No sabía por donde meterme y torpemente tropezaba con alguna que otra señora que no ocultaba su molestia. Me sentí abrumada.

Quizás mi cara de desconcierto fue demasiado obvia y causó la simpatía de una morena de figuras bien proporcionadas que se acercó hasta mi para soltarme con compasión un: "Apuesto que es tu primera vez aquí" Por un momento me impresionó su abordaje, pues me habían advertido que no estableciera contacto con nadie, que no era seguro. Pero no dudé en aceptar su gesto amable y le respondí con un: "¿Qué me delató, mi cara de susto?" Y las dos nos reímos.

Supe que se llamaba Loraine. Tenía 20 años, pero parecía de 30. Me pregunté que le había sucedido para perder la lozanía de la juventud tan pronto. Loraine me llevó donde una mujer rodeada de muchas otras que estaba de cabecera en la fila. Tenía rulos en la cabeza, fumaba un cigarrillo y usaba lo que parecían unas pijamas.

-Mechas, ella es nueva- le dijo Loraine.
-A ver mamasita, venga para acá.
[Por un momento dudé si me hablaba a mi]
Niña, que venga para acá -Y Loraine me empujó hacia adelante.
-Brinqué para no caerme y quedé en frente de mechas.
-Nombre
-Me llamo 94.2345.6732X
[Y empezó a escribir y a repetir después de mi, lentamente, como deletreandolo]
Muy bien XXX,  tienes el turno 97 en la fila. Le entrada empieza las 8:00 Am. Vas detrás de la Sra. Rosa, la que está ahí de camisilla rosada. Me volví para ver la cara de quien fuera la Sra. Rosa, pero solo distinguí su camisilla rosada. 

Loraine me tomó de la mano y me dijo con emoción de nueva amistad: ¡Ven conmigo! ¡Vamos donde Marta!
Me dejé llevar por ella cruzando la carretera hacia un sector arborizado y oscuro. Miré hacia el cielo y noté que este empezaba a clarearse. Llegamos a lo que parecían ser unos cambuches, en donde conté aproximadamente 30 mujeres más. Algunas estaban descansando sobre esteras, otras sobre mantas, otras usaban las piernas de otras más para recostarse. Llegamos a lo que parecía ser una casucha cercada. Dentro estaba una mujer de cabellos blancos. 

-Sra Marta: le traje una nueva, dijo loraine.
La Sra. me miró de pies a cabeza y preguntó:
Ya tienes donde guardar tus cosas?
-No todavía. Pero me dijeron que en estos sitios alquilaban especies de lockers para guardarlas. Creo que este es uno, verdad?
-Qué son lockers? Preguntó Loraine
-Son como casilleros de seguridad para guardar elementos.
(Las dos estallaron en risas)
Ah, lockers! - Repitió Loraine.
-Si, aquí es. Intervino la Sra Marta nuevamente. Yo soy una de las 3 tiendas que guarda los objetos personales.
(Repasé el sitio nuevamente en medio de la oscuridad y aunque no pretendí ser pretenciosa con las tiendas, estas realmente eran una suerte de estacas de madera rodeadas con un cerco de plástico y un tablón de madera como mesón). 
-Este es tu locker, dijo la Sra Marta, y me pasó una bolsa plástica que tenía una hoja de papel pegada en el centro con el número 58. No terminaba de asimilar la sorpresa por los lockers cuando Loraine empezó a quitarme todos los accesorios que traía puestos. ¡Ven, primero los aretes! dijo. Y sus manos parecían los tentáculos de un pulpo que iba rodeando todo mi cuerpo. Me sacó el collar, los aretes de perlas, el gancho de la cabeza, la correa que ajustaba mi cintura; todo con una agilidad impresionante. Cuando se dispuso quitarme un pulso le increpé con algo de desdén: ¡Basta! ¡¿Qué haces?!
-Te estoy quitando todo lo que te quitaran cuando pases por el detector de metal; sino te lo quitas, se lo quedan allá adentro
¿De qué hablas?
-Esta es una cárcel de máxima seguridad bizcocha. Acaso no te explicaron que no puedes entrar mas que con tu cédula?
-Si, si me lo dijeron, pero no creí que fuera tan estricto
-Bueno, ¿te dejas ayudar o no?
[La inseguridad que sentía era enorme, pero opté por un gesto de confianza].
-Lo siento Loraine, soy la nueva. Esto me tiene un poco abrumada...
-Ay nena, todas pasamos por ahí. Pero no te asustes que te va a mariquear cualquiera de aquí si te descubre.

Empezamos a guardar mis cosas en la bolsa. Loraine le hizo un doble nudo y se la devolvió a la Sra Marta. Luego nos sentamos al borde de la carretera; ya empezaban a notarse los primeros claros del día.

-Qué turno tienes tú? Le pregunté
-El segundo, contestó.
- Pero cómo es posible, ¿Desde qué hora estás tu aquí?
-Desde las 5 de la tarde de ayer, contestó con mirada apagada. Noté el cansancio en sus ojeras ahora que había mas luz.
-Vaya... -dije casi sin aliento. Y tú a quién vas a visitar? pregunté retomando la conversa.
Su semblante cambió repentinamente. Y con voz apagada, pero amorosa, dijo: A mi esposo...
-No pensé que fueras casada con 20 años. Eres muy joven... le dije
-Me casé a los 16 y a los 17 me lo quitaron.
En ese momento comprendí por qué se veía tan envejecida. Guardé silencio...
-Y tú a quién visitas? preguntó ella
-A mi exnovio.
Con ojos picarones infirió: Van a volver?
Yo sonreí y le contesté: No lo creo. No sabía que estaba aquí hasta hace poco que me escribió una carta contándome de su situación... y lo quiero mucho, y quiero que sepa que cuenta con mi apoyo, lo que sea que eso signifique...
-Pero donde hubo fuego, dicen que... -No perdió la mirada esperanzadora de una historia con final feliz, pero la interrumpí secamente:
-No lo creo Loraine, ya estoy saliendo con alguien.

Ella comprendió y se quedó en silencio. El sol empezaba a ponerse picante en nuestros cachetes y cuello, aún siendo tan temprano. La carretera se calentó y nos obligó a replegarnos con el resto de mujeres que estaban en tierra. Escuchaba risotadas, bullicio, chistes verdes. La mayoría estaba en pijamas viejas, ropas gastadas y con ganchos en la cabeza para conservar la lisura del cabello con la famosa técnica 'la vuelta'. Algunas jugaban cartas, otras desayunaban lo que habían traído en sus bolsos y algunas otras seguían dormidas.

En medio de este panorama, una voz dijo:
"Bueno mi reinas, ya son las siete. Puyen el burro las que se van a bañar"
De inmediato, gran parte de las que estaban acostadas en la tierra se pusieron en pie y se dirigieron a los respectivos cambuches; en cada tienda se hicieron colas para utilizar unas duchas improvisadas cuyas paredes eran plásticos amarrados con cuerdas al tronco de varios árboles. Cada visitante pagaba $1.000 por una caneca de agua; supe que el líquido llegaba por unas tuberías cercanas y era recogida por las 3 tenderas que tenían el negocio de atender a las visitantes que esperábamos afuera de la cárcel.

La ducha por cada mujer demoraba aproximadamente de dos a 3 minutos; pero si llegaba a este punto, las demás en la fila las silbaban y criticaban a grito la falta de tiempo y la demora. Una vez salían de la ducha, procedían a cambiarse. Vi otra fila en la que hacían turnos para dejarse maquillar por una mujer que, sentada en una silla plástica, encabezaba la orden de la belleza. Loraine estaba arrodillada frente a esta, era la primera.

Al otro lado de la carretera, una guardiana se asomó por el enrejado, tocó un pito y grito: ¡La fila! 
Un tropel de mujeres, (algunas con ropas colgando y zapatos aún sin calzar) se dieron a la corrida del otro lado para recuperar sus puestos. Un grupo mas pequeño, nos quedamos justo donde estábamos. Reconocí a la Sra. Rosa cerca de mi, me dijo que no me preocupara, que por ahora no entrábamos porque todavía estábamos lejos de nuestro turno. Empecé a sentir la piel fría, las manos sudorosas y un escalofrío que me helaba el espinazo; podía sentir cómo me embargaban los nervios rápidamente. ¿Qué sería lo primero que le diría cuando lo viera? ¿Qué tan cambiado estaría? Y... ¿Qué sentiría?

-Como que estas pensando mucho; ¿Estas nerviosa? me dijo la Sra Marta, y cuando lo hizo, fue como si de repente me trajeran a la realidad otra vez.
-Un poquito, contesté.
Mirándome el pecho fijamente, frunció el ceño y dijo:
-Niña, no te dejarán entrar sino tienes brasier.
-Pero me habían dicho que si usaba brasier tampoco me dejaban entrar, por las varillas metálicas que estas tienen en los arcos.
-Si, pero tienes que traer al menos de esos topcitos que usan las niñas, los corpiñitos esos; no puedes entrar con las teticas al aire.
-Pero no están al aire, estoy usando un vestido que me cubre perfectamente el pecho; ni siquiera es escote
-No sé, pensarán allá adentro que vas a pelarle tetas a todos los presos y quieren evitarse problemas.
-¿Qué? ¿Es en serio?
-Ay claro que no... No te tomes todo lo que digo al pie de la letra; pero escúchame esto muy bien: sin top no te dejarán entrar
-Y de dónde se supone que saque un corpiño ahora? Estoy a punto de entrar, a las afueras de la ciudad y no tengo mas ropa para cambiarme.
Me miró analizándome la medida del busto cerrando un ojo y mirándose el suyo, y agregó:
-Aunque no somos la misma talla, creo que te puede quedar el mío.
Se metió al baño improvisado y se quitó lo que fuera un top verde fluorescente; me lo entregó y pude sentir la humedad de su sudor que había empapado la prenda. Me obligué a no sentir asco, pues era mi única alternativa y le agradecí su gesto desinteresado. Enseguida le pedí la bolsa donde había guardado mis cosas y entré al baño improvisado. Rocié el top con mi splash de coco y me rellené de talcos el cuello, los senos, las axilas y la espalda. Traté de sacudir la prenda esperando que con ello se aireara, pero fue inútil.

"¡Ojo con los perros! cuando hueles a mucha crema o perfume se te pegan" escuché que advirtió la Sra. Marta. Pensé que ningún guardia me coquetearía en un centro penitenciario y volví a rociar el corpiño de splash todavía más.
De repente la Sra. Rosa metió su cabeza a través del plástico y me dijo:
¡Niña! ¡Ya van entrando las del turno de los ochentas, vamos!
Apresuré mi ritmo y me vestí, recogí todo y lo puse de regreso en la bolsa naranja que le devolví a la Sra. Marta
Esta me miró los pies y advirtió:
-¿Y esos zapatos cerrados? Con esos tampoco te dejan entrar. 
-Ay mierda, lo olvidé por completo. ¿Tendrá algunos que me alquile?
-No, ya todos los alquilé.
"¡Niña, vamos!" Volvió a exclamar la Señora Rosa, "¡Y no se te olvidé la cédula!" agregó mientras cruzaba hacia la entrada de la penitenciría.
¡Ay Jueputa! ¡¿Dónde carajos dejé la cédula?! Miré en los alrededores, el suelo, la carretera, la tierra, toqué mis caderas, mis nalgas, mi pecho; no la tenía en mis manos ya. [Esto no me puede estar pasando a mi...]
-En qué mundo estás muchacha, dijo la Sra. Marta mientras me la devolvía: La dejaste tirada en el baño
[Recordé haberla dejado en una piedra cuando me probaba el top].
Suspiré de alivio y de terror a la vez. 
-Toma mis sandalias, dijo. No creo que te queden, pero sino es con eso, no entras.
Sin pensarlo me las calcé; mis dedos y talones quedaban volando por fuera de la suela. La abracé y le agradecí con la voz quebrada, y corrí hacia la entrada de la penitenciaría. Divisé a la Sra. Rosa que estaba a dos turnos de entrar. Las demás mujeres me miraban con cara de no dejarme pasar; pero Rosa casi que por reacción metafísica, giró hacia atrás, reconoció mi rostro y me gritó que pasara adelante a tomar mi turno. Me sentí respaldada y me volé las barandas hasta quedar detrás de ella. Hubo murmullos, pero estos no me importaron.

Entramos a un pequeño pasillo después de la reja principal, donde un guardia nos reseñó la cédula desde una pequeña cabina con suficiente espacio para el y su computador; "Nombre. No. Cédula. Cédula para verificación por favor. A quién visita. TD del recluso. Torre del recluso". Y luego de entregarnos dos papelitos impresos: "siga por favor".

Doña Rosa me esperaba fuera del pasillo. Al salir de este, un guardia nos dijo: "Documentos por favor. Brazo por favor". [Nos colocó un sello con el dibujo de una casita infantil]. "Sigan derecho por favor".

Seguí caminando aferrada al brazo de Doña Rosa por una entrada cubierta de árboles, a paso lento y seguro; como cuando caminaba en el pueblo con mi abuela para hacer el mercado. Aproximadamente 50 metros al fondo llegamos a otro enrejado. Algunas mujeres estaban haciendo fila todavía. Cuando llegó nuestro turno, pasamos una por una a través de un detector de metales semejante al de los aeropuertos: "párese en medio del detector y de una vuelta por favor. Adelante". "Quítese los zapatos y páselos por el lector" (una máquina enorme en medio del salón). "Brazo por favor". Nos colocó un segundo sello con un dibujo de globo esta vez y un tercero que no se veía en el brazo derecho.

-Pero no tiene tinta, le dije
-De eso se trata, contestó. Adelante por favor.

Volví a mirar mi brazo a la luz del sol y a contraluz, pero ni humedad se notaba. Antes de seguir, escuché la máquina de los zapatos pitar y una mujer gritaba desesperada: "Pero colaboréme, por favor, mire yo entro descalza si quiere". Pero inmediatamente un guardia le dijo que se regresara, que no pasaría de esa sección.

Esta vez yo esperaba a que la Sra. Rosa se volviera a colocar sus zapatos. Después seguimos caminando y llegamos a un tercer enrejado; entraban de a 6 mujeres y nosotras completamos el grupo.

-"Adelante por favor".

Nos sentaron en 6 sillas de plástico que estaban dispuestas en hilera. El guardia sacó una pelota de bolsillo a la par que escuché ladridos. Habían dos perros a un lado de otro enrejado; un pastor alemán y un labrador negro. El guardia les abrió la reja y recordé la advertencia de la Sra Marta cuando me perfumaba: no se refería a que me levantaría a algún guardia del inpec; literalmente hablaba de perros con olfatos bien entrenados para olores de droga. Sentí un pánico abrumador y creí que el pastor alemán me miraba justo en esos momentos.

El guardia sonó dos veces sus labios a manera beso, y soltó al pastor alemán. Empezó de atrás hacia adelante, yo estaba justo en la mitad. Sentí el olfato del perro en mi trasero y no pude dar un leve brinco. Pasó rápido a la siguiente silla, mientras el guardia sonaba un chasquido con sus dedos adelante y atrás de cada asiento. El perro se prendió de la parte trasera de las dos primeras mujeres en la hilera. El guardia hizo el ejercicio nuevamente de atrás hacia adelante; esta vez el perro metió su nariz en medio de mis piernas, sin demorar mas de dos segundos. Sentí alivio, y a la vez algo  de gracia. Paseó luego al labrador negro y este también se prendió de las dos primeras mujeres en la hilera, mientras una de estas empezaba a llorar y decía: ¡Ay no! no, no no... ¡Vete de aquí, déjame tranquila que no traigo nada, solo quiero visitar a mi esposo! La otra se veía notablemente nerviosa. Las sacaron del grupo y las llevaron por otro corredor.

Doña rosa y yo continuamos por un largo pasillo también enrejado hasta el fondo. Llegamos a un nuevo corredor y allí nos esperaba un guardián. Nos hizo sentar una por una en una extraña silla que tenía forma de escaleras. Era al parecer, otro detector de metal, esta vez, para determinar si llevábamos algo en nuestros genitales. "Adelante por favor". 

Seguimos a un cuartucho donde nos esperaban dos guardianas. Doña rosa y yo entramos a la vez. La que le tocó a doña rosa tenía un gesto amable; le revisó las pantorrillas, tocó sus caderas, su espalda, su cabello y le dijo adelante. Mi guardiana fue un poco más precavida:

Nombre.
A quién visita.
Qué es de Ud.
¿Primera vez que viene?

Y mientras preguntaba todo esto, me dio la manoseada que ningún amante me ha dado: Pecho, entre pierna, nalgas, caderas, espalda, cuello, cabello... ni mis orejas se salvaron. 

-Adelante por favor

Algo aturdida, pensé en todas mis amigas lesbianas (que no son pocas), con quienes todavía no llegué a segunda base siquiera. Esta no me invitó ni una cerveza y les ganó.

Doña Rosa me esperaba afuera del cuartucho, y al ver mi expresión me dijo:

"Ay mamita, le tocó la lesbiana. Muy de malas... "
Yo me reí y le dije que lo había disfrutado.

Seguimos por otro pasillo hasta llegar a un nuevo enrejado. "Brazo por favor": [Y con una lampara de rayos ultravioleta nos alumbraron el sello invisible. Era un osito].

No esperaba una calavera, pero qué estúpidos que nos hacen ver esos sellos infantiles, le dije al guardia. Este sonrió y contestó: "Adelante por favor". Pensé que el tenía unos ojos bonitos, una mirada noble.

Seguimos por otro pasillo y allí nos tomaron las huellas. Dejamos uno de los papelitos impresos en la entrada y la cédula. "Con el otro papel reclaman la cédula al salir. Adelante por favor."

Seguimos caminando por otro pasillo, el último y más largo al parecer.
-"¿A qué torre?"
A la No. 1. (yo) y a la No. 5 (Rosa)
-Sigan hasta el fondo y doble a la derecha hasta chocar con la última reja: esa es la 1. La 5 está 4 entradas antes. Allí las van encontrando. 

Doña rosa se quedó a lo largo del pasillo. Nos despedimos y me deseó con un gesto de madre: que le vaya bien mamita. Igualmente mi señora, gracias por esta compañía.

Seguí caminando hasta el final del pasillo. En la entrada de la torre 1 estaban 3 guardias sentados.

-Buenos días. ¿A quién visita?
-a XxxX- XXXx-xxx.
-Espere por favor. 

Entré a una especie de salón que, a través de una reja enorme, mostraba el patio de visitas de la torre 1. Pasaron alrededor de 25 minutos, los guardias seguían inmóviles. Un par de reclusos se asomaron a la reja, uno blanco y otro negro; el segundo me preguntó si podía llamar al guardia; cuando este se asomó, ambos le preguntó que cuando se desocupaban las habitaciones; "en 45 minutos hombre". El guardia volvió a sentarse afuera.

Ambos me quedaron mirando y uno de ellos preguntó: -Y cuanto tiempo lleva ud. ahi esperando mamacita
-Como media hora, contesté.
-Uy juemadre, ¿Cómo así? ¿Media hora de visita le han robado? 
-Si.. ¿No es normal que demore tanto?
-No mi reina, eso es casi que inmediato. A quién visita ud.?
-a XxxX- XXXx-xxx., contesté
-Ash! Al teacher! Lo están castigando con la reducción de los horarios de visitas, tras de que no nos dan sino dos horas
-¿Pero por qué? ¿Qué hizo acaso?
-Denunciar lo que nos hacen aquí; el es nuestro representante ante el comité de derechos humanos. Por eso se la tienen montada ahorita. Malparidos pirobos estos...

Inmediatamente me volví hacia la entrada donde estaban los guardias y subiendo el tono les dije: ¿Será que a los señores les dará la gana por fin de llamarlo? ¿O tengo que ir a poner una queja ante un superior? Dos de estos se sorprendieron ante mi tono, pero el tercero no pareció siquiera escucharme.

-Ya se lo llamamos por radio, dijo este ultimo sin expresión alguna.

No tenía manera de saber si era verdad. Regresé a la reja que separaba el patio de visitas para saber que más podía saber al respecto con los dos reclusos, pero ya se habían ido. Antes de que pudiera decir algo más a los guardias, un tercer recluso se asomó y me dijo: "pórtese bien mamacita... nunca termine aquí, que esto es muy duro", y sonrió con los dientes, pero con una tristeza infinita en la mirada que me atravesó y me dejó sin palabra. Se dio la vuelta y se fue.

Algunos 10 minutos pasaron nuevamente y el guardia sin expresión se puso de pie en mi dirección: "Nombre de su visita: es XxxX- XXXx-xxx. Abrió la reja y fue en su búsqueda. Fueron pocos los minutos que volvieron a pasar, 4 o 5, y de lejos lo vi regresar por un pasillo largo que conducía al patio de visitas. Detrás de el, alguien lo acompañaba, y con cada paso que daban mas cerca de mi entrada, el vértigo aumentaba.

Sonó el chasquido del candado y el guardia abrió la reja: "Siga". Aunque no habían ya barrotes, perros, detectores, guardias, guardianas, lamparas ultravioletas; aunque ya no quedaba nada entre ambos, sentí un abismo enorme en medio. Di tres pasos cortos hasta quedar frente a el en silencio, mirándonos, casi atravesándonos con los ojos en un intento de reconocimiento.

De mi boca solo salió un lánguido: "Hace casi 5 años que de repente desapareciste... No te reclamo, te prometo que no lo hago... Es bueno verte por fin" 

Y nos abrazamos hasta casi quebrarnos los huesos.

miércoles, 8 de julio de 2015

6:00 Pm

A las 6:00 Pm, el interruptor que probablemente oprimió el Sr. Lucho, avisó que la jornada había terminado. 

Una extraña claustrofobia me abordó, así que apresuré el ritmo para recoger las herramientas de trabajo. Me despedí de los que encontré camino a la salida y crucé el pasillo de la oficina hasta llegar a la puerta principal.

Desde allí vi la plaza de la catedral; era lo que mas me gustaba de ir al trabajo. La atravesé de un extremo a otro, tratando de no espantar a las palomas. Pero mi paso se fue haciendo lento cuando una canción suelta en el aire me resultó familiar. Era franco de vita.

Me dieron ganas de escucharla, así que me detuve. Estaba huyendo y ahora quería quedarme. Me senté en una de las bancas de la plaza. Busqué de dónde provenía la música: Era un señor que desde hace unos días se sienta en una de las esquinas de la catedral, con un parlante enorme y un micrófono que manipula para comunicae: 'y ahora, música para planchar' o sino, 'es momento del rock de los noventas', mientras va colocando rolas que de alguna manera nos resultan familiares, o nos recuerdan a alguien. Desde los petshopboys hasta Nino Bravo. Esta es la estrategia que utiliza para vender la música.

Respiré pronfundo, alcé la vista al cielo que empezaba a oscurecer y pensé en lo lento que transcurría la semana. Sentada en la misma banca, llamó mi atención que, justo al frente, en las escaleras de la catedral estaba un hombre de la calle disfrutando lo que parecía ser una siesta.

Cuando se acabó la canción de franco, sonó 'Amiga' de Miguel Bosé. El hombre de las escaleras bostezó y se fue despertando hasta incorporarse. Se sentó y quedamos viéndonos frente a frente. Sentí que me miraba con dulzura, mientras que su boca gesticulaba un: "y el universo era pequeño comparado con lo que eramos tu y yo". No pude evitar sonreírle y acompañarlo en dueto

Quise regalarle un pan, algo de comer, pero no me atreví a dañar de una manera tan miserable esa extraña complicidad que forjamos a través de una canción. Quizás mañana, cuando vaya al trabajo por la mañana, lo encuentre durmiendo en alguna de las bancas y le regale algo para desayunar, cuando no haya música y seamos nuevamente parte del mundo real.

lunes, 6 de julio de 2015

Cicatrices

Lo recordé hoy, al ver la cicatriz que dejó un accidente laboral en el rostro de un compañero de trabajo. 

Tenía 18 años y había decidido que lo mas conveniente y saludable, era irme de la casa de mis papás. Terminé en un apartaestudio en una ciudad a 18 horas de distancia de la natal.

Una tarde prometedora, fui invitada por un desconocido para participar en un taller relacionado a sus actividades laborales; aunque no nos conocíamos, dijo que siempre me veía leyendo en la biblioteca de su Universidad. Fue mi primera oportunidad oficial para salir de las 4 paredes que consumían lentamente los días. El se desempeñaba como educador psicosocial de comunidades víctimas del conflicto armado, mujeres cabezas de hogar y en general, de líderes comunitarios.

Cuando llegamos, el salón de clases estaba lleno de gente adulta, dejándome en evidencia como la más sardina. Las miradas se sentían paternales y protectoras; puedo decir que me sentía tranquila con ellos.
La puerta se abrió y fue cuando lo vi por primera vez
Usaba unas gafas oscuras, unos jeans desgastados y una chaqueta negra que parecía de cuero. Lo que más llamó mi atención fue su rostro: tenía relieves de cicatrices en, por lo menos, la mitad de su cara.
Se presentó al resto del grupo como un educador más que venía desde bogotá para apoyar los procesos. Hablaba con propiedad y seguridad frente a todos. Me gustaba su lenguaje corporal y me impresionaban los gestos limitados de su boca por las cicatrices. Sentí que era alguien de otro mundo y de repente, quise hablarle sobre cualquier asunto como excusa para acercarme a el.
La jornada duró 4 horas y cuando finalmente terminó, el grupo hizo una ronda para compartir una merienda. Me senté a su lado y para iniciar un conversación, le pregunté si solía viajar con frecuencia a apoyar estos talleres.
Me contó un poco de su vida; tenía 34 años, era Psicólogo y especialista en temas de derechos humanos. No pude evitar preguntarle sobre su rostro (Ahora que me detengo a pensarlo, fue un poco atrevido e imprudente de mi parte); el sonrió y me contestó que era muy curiosa para ser tan pequeña. Pero no vaciló en darme su respuesta: Era educador en un centro de reinserción social, dirigido a los grupos de paramilitares que dejaron las armas y esperaban cumplir su proceso para re-incorporarse a la vida en comunidad en las principales ciudades. Aunque estos centros funcionaban bajo seguridad estatal, en una ocasión, un infiltrado logró identificar los puntos de encuentro para las clases, y de esta manera, logró delatar a aquellos que se desvincularon con aquellos que no dejaron las armas y buscaban dar lección sobre a quién se debía obedecer y bajo qué términos.

Una mañana llegó a dar las clases de siempre, y sin percatarse cómo sucedió, una granada explotó en el salón en medio de los desmovilizados y el. Su rostro sufrió las consecuencias mas visibles; tenía mas de 6 reconstrucciones de tejido facial.
Con total honestidad, le dije que me gustaban mucho las cicatrices, y que las suyas eran de las mas hermosas que había visto. Me sonrió agradecidamente y solo hasta ese momento me percaté que, sin querer, estaba coqueteando por primera vez con un hombre que casi me doblaba la edad: mirando sus ojos verdes, una corriente de vapor recorrió mi rostro, y el volvió a sonreír.

Antes de irse para tomar su vuelo de regreso, me preguntó si estaría en el taller de la semana siguiente y le dije que no me lo perdería por nada del mundo. Tres días después y por razones que aún no logro comprender, yo estaba viajando en bus a otra ciudad para vivir definitivamente. Perdí el teléfono durante ese viaje y cuando sucedió, me percaté que era el único enlace con el chico de la biblioteca que me llevó al taller. No volví a saber nunca más de él; ni siquiera recuerdo su nombre. Pero siempre se dibuja su rostro cuando veo cicatrices.

domingo, 5 de julio de 2015

Stonia



Cuando te vayas,
me dejaras de amar

¿Verdad?

Te despides

y te extraño tanto
y te voy a extrañar otro tanto mas.

Y perdóname
si caigo en el abismo
aunque me adviertas del precipicio;
siempre tuve gusto a las alturas

... y a caer.

lunes, 29 de junio de 2015

Despertar


La tarjeta que tenía en mi poder revelaba una invitación dirigida a mi persona para la celebración de la titulación de Kit. Luchó tanto para conseguirlo que la fiesta era imperdible.
Opté por un traje blanco y largo para el evento. Fui apodada por algunos amigos cercanos como 'la viuda de blanco' y más entrada la noche, 'la novia'.
"Oye novia, ¿te equivocaste de fiesta?". Esa noche Hizck me pidió posada; le dije que no se preocupara. Que iría a donde yo fuera. Pero cuando los tragos revelaron nuestra vulnerable humanidad, tomé un pedazo de la decoración de los manteles de una de las mesas, y me lo puse sobre la cabeza: "Ninguna novia puede llamarse como tal sino tiene su velo"les dije al resto del grupo, mientras paré un taxi y subía a este. Sin percatarme, Hizck estaba a mi lado ya.
Me bajé en casa del futuro novio, violé la seguridad del candado y toqué su puerta. El se asomó por la ventana y le dije: "He venido a casarme. Ya estoy lista."
Sonrió con los primeros rayos del sol que nos iluminaban a través de las montañas.
Subí las escaleras hacia el, como si me dirigiera al altar, haciendo gala de futura esposa. Cuando llegué hasta su rostro, levantó el mantel de mi cara y dijo: "acepto."
Nos metimos a su alcoba y dejamos dormir a Hizck en otra.
Le pregunté sobre los índices de productividad del pescado en la Ciénaga Grande; el contestó: "Yo qué mierda voy a saber"
Estallé en risas y despues de llegar, me dormí desnuda en su pecho.
Sentí el silencio y el tiempo desvanecerse
Abría y cerraba los ojos sin distinguir lo que veía. 
Me despertó despidiéndose, iba para clases y no regresaría hasta el medio día.
Asentí y me incorporé en su cama nuevamente.
No estoy muy segura sobre qué me despertó. Pero una cierta calidez estaba recorriendo mi cuerpo. Sentí que recobraba conciencia  y cuando lo hice, pude darme cuenta que Hizck estaba besando mi clítoris.
El pánico me invadió, el asco, la impresión. La repulsión fue inevitable
Le dije que parara, y el paró. Nos quedamos mirando en silencio, sin decir una sola palabra. Sentí nauseas, realmente lo apreciaba y ahora no estaba segura de qué sentía.
Se fue al poco rato y dos semanas después, lo volví a ver en una manifestación a favor de los derechos y empoderamiento de la mujer.

No quise saludarlo
ni hablarle,
nunca más.


martes, 16 de junio de 2015

Tic tac.

Hoy latió tan fuerte.
que el tic tac de mi pecho
bien pudo ser campana de catedral,
y la emoción casi fue llanto.

Mas controlé y no lloré,
tan solo con fuerza tragué
el nudo de lo que ya fue.

Suspirar o exhalar//son por excelencia//sinónimos de resignación.
Y el grito interno se va convirtiendo en algo ausente.




martes, 9 de junio de 2015

Lunes

Tan solo 24 horas
con un aproximado de 1.440 minutos
y 86.400 largos segundos.
El comienzo de algo trascendental para muchos
odiado por otros tantos
y amado por otros cuantos,
si este es festivo.
Los lunes
como el amor condicionado,
no pretenden poner fin a la felicidad
y sin embargo, lo consiguen.
Son estáticos
algunos desde cama;
el de hoy, por ejemplo,
es escrito a retazos
y descrito a través de divagaciones
y de extrañas observaciones desde cama,
mirando las imperfecciones de un techo
con defectos bien ocultos,
tras la fachada del trabajo de otro;
bien puede ser un lunes
observado
a través de un cielo falso,
que termina un martes
ya faltando dos minutos para la media noche
descrito desde una ventana
que observa  cualquier bolsa que se eleva y se va.

y ahora quiero ser esa bolsa sin destino,
nunca acercarme
distante mas cuanto pueda
mejor es la sensación de andar sin sentir las pisadas
de ver sin mirar
de oler sin gustar
de estar porque no y porque si
de sentir la vibración de una ciudad
mientras oh my love por john lennon
reitera su melodía cada 2:47 minutos con segundos



lunes, 20 de abril de 2015

Experiencias de investigación sobre el conflicto armado en Colombia: Caso del Grupo Regional de Memoria Histórica de la universidad del Magdalena





Una investigación Audiovisual de Felipe Paz


Ver en:




Nota aclaratoria: Dados algunos comentarios malintencionados, es prudente resaltar que este trabajo audiovisual no tuvo como intención final victimizar a los investigadores. Es básicamente, un acercamiento a la experiencia que cada uno de nosotros desarrolló de manera personal.

Ese día la violencia llegó en canoa...


Dos años de investigación resumidos en 27 minutos con 47 segundos y un libro de 178 páginas.

Libro escrito entre mis 21 y mis 23 años. 
Quizás el mayor aporte que haré en vida . 

Informe pdf para descarga del libro:
http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/informes/informes-2015-1/ese-dia-la-violencia-llego-en-canoa


Documental:
https://www.youtube.com/watch?v=RuuUQ3gQHN8

jueves, 5 de marzo de 2015

Hay que pensar...

Hay que pensar en todo,

incluso en los platos sucios,
incluso en los viejos que golpean la puerta de la posibilidad.

Hay que pensar en los gusanos que se arrastran sobre la carne mientras piensan: ¿Estoy muerto o demasiado quieto?

Hay que pensar en la fogata alimentada de facturas y préstamos.

Hay que pensar en los incendios,
en las mujeres que no quieren dar de lactar, ni hacer el amor, ni coger, ni besar luego de las 6:00 Pm

Hay que pensar en la chica que quiso hacer una película y se quedo encerrada en casa, recolectando intentos de suicidio.

Hay que pensar en los padres,
en los abuelos,
en los que se empecinaron a seguir la genealogía del fracaso.

Hay que pensar sobretodo en las paginas blancas, 
en los desiertos y pistas de aterrizajes,
en los counter y web check in,
en las azafatas
en los silencios.

Sobretodo en las turbinas del silencio.


Hermoso poema de José Escobar.

martes, 27 de enero de 2015

Desencuentro capcioso.

Cuando eran jóvenes y jugaban a tener una relación, alguna vez chino le dijo a miel que sentía pena por todas 'esas' personas que estaban con su pareja por descarte. Incluyó a su hermana mayor y la usó como ejemplo cuando la vio venir hacia ellos, caminando de la mano con su compañero: 

"Mírala. Ni siquiera está con la persona que ama. Está con alguien por el hecho de no estar sola. No quiero eso en mi vida." Dijo.


Miel alzó la vista y sintió pena del par, mas por influencia y prejuicio de chino que por detenerse a pensarlo. Se preguntó si acabaría así a los 27 años, la edad de la hermana mayor y deseó con fuerza que no. En una ráfaga de impulso, tomó la mano de chino y le besó, y le susurró que el futuro de ambos sería distinto. 


Una tarde sin despedirse, chino y miel comprendieron que era hora de tomar caminos distintos; y así cumplieron un tiempo prudente sin saber el uno del otro; hasta que un día, miel distinguió a chino entre la multitud caminando de la mano con la chica de los ojos mas chinos que nunca antes vio. No eran ojos para reposar, y lo reconoció en la manera en que Chino expresó un gesto minúsculo, casi desabrido.

Chino parecía tan distinto ahora que podría la comparación de un huracán que todo se llevó hacer gala a la forma en que se reconstruyó.



Y al verlo ahí sin que el le viese, recordó la vieja apreciación concluida con el ejemplo de su hermana mayor. Mas no por prejuicio, sino por comprensión, miel descubre que, sea por matar el tiempo, por no estar solo, por descarte (o incluso por encarte), es válida también la compañía de un ser tan ajeno a nosotros como forma de reemplazar al amor. Después de todo, miel nunca sabe con qué soledad se tiran entre extraños que se encuentran en el mismo barrio, la misma ciudad o bien en países distintos.

sábado, 24 de enero de 2015

Posibility.

El día comenzó cuando los rayos del sol aún son agradables en esta ciudad. Algo de carmín y disimulo de las ojeras: cada vez duermo menos y se refleja en lo profundo de mis cuencas y en la palidez de mis labios. No quise detenerme a desayunar. Minutos perdidos.

La primera jornada se dejó compartir entre responsabilidades académicas y laborales. Perdí dos buses por exceso de pasajeros y me vi obligada a tomar un transporte ilegal para regresar a eso que llaman hogar. A la mitad y un poco mas del día, compartí una eterna fila con rostros cansados, ignotos. Rostros en su mayoría universitarios. (Y si ese es el futuro, que empiecen campañas agresivas de planificación familiar por favor).

Cuando sonaron 3 campanazos volaron las palomas de la catedral. Varias se posaron sobre un cable eléctrico y dos de ellas reventaron sobre el asfalto a mis pies, bailando, brincando, con la cabeza ladeando, mientras el cuerpo internamente explotaba en corrientazos. Es esto una premonición... (?)

Estando en la oficina, el escritorio no parecía tan divertido comparado con las palomas. Faltan 175 minutos para Salir.

Debo escribir, debo entregar, debo cumplir. Casi no queda tiempo. El tiempo se me cuela entre los dedos. El tiempo es agua.

6:00 Pm. ¿Y qué haré afuera? No quiero desperdiciar mi tiempo inútil en el trancón pico. ¿Hay algún lugar a dónde ir?. Las hojas secas, las bolsas que se arrastran parecieran tener mas destinos, y yo que vivo en una ciudad con puerto, ya no espero a nadie. Me quedaré un rato más. Unos minutos más. Cuando crea que es necesario salir de debajo de la luz blanca. Del escritorio. De la mirada paternal del jefe. Llegó el momento de salir. Saldré. No tiene importancia. No tengo a dónde ir. Esta ciudad no existe ni tendrá potencia u ocasión para suceder.


viernes, 23 de enero de 2015

Luben.


Despertaba con signos de resaca. El día anterior pensó que quizás el martes era un buen día de la semana para empezar a tomar. Pero ahora, miércoles en clase de 7: 00 Am, parecía arrepentirse. Sin embargo tenía un cuerpo con mente y alma joven, 15 años. Edad con hambre de mundo y quizás la edad de las mejores experiencias para una chica hermosa como ella: trastornos del sueño. La paloma de la ‘poesía’ que vino y fue, el aprendizaje de la manipulación, los juegos de a 4, pateando sentimientos por ahí hasta que alguien devuelve el puntapié. Se aprende a valorarse o a prostituirse y el contexto aunque no define, si moldea.



Pero esa mañana la curiosidad insaciable fue abofeteada con un repentino discurso del profesor más detestable que entró al salón dando un portazo a la puerta.

Lo escuchó sin poner mucha atención; habló sobre la juventud y el error de someterse a experiencias mundanas en una etapa todavía previa, cuando todavía se es sardina. Cuando el hambre está insaciable de mundo. Ese monstruo que no se llena con nada más que nuevos hábitos por probar. El monstruo que te quita el sueño. Ella pensó que estar en la Universidad a esa edad, no dejaba otra opción, y estaba contenta con ello.

En algún momento pensó que quizás el profesor la había visto la noche anterior vomitando en alguna Av. Principal que ya no recordaba y el discurso mordaz iba dirigido a ella. Temió por ser sometida a un escarnio público, pues durante algún tiempo de la juventud se tiende a darle demasiada importancia a la imagen que se proyecta ante los demás. A veces incluso mucho más que haciendo parte del mundo adulto.

El profesor la miró a los ojos, tomó aire, fuerte, con ánimos paternos y mirándola fijamente dijo, “Y si tienen la curiosidad suficiente para meterse a probar las drogas, tengan los pantalones suficientes para salir de ellas”.

El profesor tiró de otro portazo en medio de los silencios apenas pasados los primeros 5 minutos y no volvió. 

Ella se limpiaba el bigote, la parte de su cuerpo que más le sudaba cuando estaba nerviosa. Alguien preguntó en voz alta qué le sucedía al profesor. Pero pronto los rumores los alcanzaron en la siguiente clase. Una estudiante de algunos semestres más avanzados, había fallecido por sobredosis de cocaína.

Desde ese día en adelante, llevó esa frase como bandera cada vez que inhalaba una línea para aguantar más tiempo de pie en fiesta; la usó y la izó en su cerebro cada que decidía alucinar con LSD para enfrentar sus miedos, e incluso, cada que inhalaba un dulce porrito de marihuana para conciliar el sueño. Atrás quedaron esos años de infancia misionera en la iglesia de la comuna; atrás quedó la posterior juventud franciscana. Todo empezó a los 14 bajo la influencia y el enamoramiento platónico de un profesor de literatura, homosexual, para su mayor frustración de la adolesxistencia. Y cuando los 15 rompieron moldes, los 16 la convirtieron al consumo responsable. “No se consume sin razón coherente.” Solía decirse.

Y Por descabellado que pareciera, funcionó por un tiempo. Pero la harina blanca le fue causando cierto gusto y comodidad; un hormigueo eléctrico y colorido que subía por la nariz hasta llegar a la cabeza, bajando por el espinazo. concentrándose, creciendo, inflando y estornudando en colores. Siempre tenía los ojos cerrados, nunca vi sus pupilas dilatadas. Prefería implosionar.

Por un tiempo se creyó afortunada, pues nunca necesitó comprar la harina blanca. No por carencia económica, sino porque temía que alguien la viese en algún sitio de dudosa reputación y así todo se fuese a la mierda en casa. Su nuevo compañero de andanzas, alguien cercano y de la infancia, alcahueta y casi hermano, le pasaba la bolsita hasta sus manos. Ella se dirigía al baño y recordaba a la estudiante muerta que nunca conoció; entonces trataba de izar la bandera con la frase del profesor cuando la fiesta gay se salía de control pero el estandarte favorito ahora era el multicolor, y no precisamente por ser homosexual.

Su pareja de momento nunca se dio siquiera por enterado de esta situación. Estaba demasiado ocupado pensando en los tipos que la pretendían con intenciones de conquista. Si tan solo se hubiera detenido a observarla… Basta una mirada sobre alguien que conocemos para comprender lo que no vemos. Su segunda relación estuvo todo el tiempo en otro país, nunca se volvieron a ver. Su tercera terminó muy pronto. 

El acné empezó a aparecer, y a su paso, la belleza desaparecía. El cabello comenzó a caerse más frecuentemente, el peso a disminuir, las ojeras a marcarse y quizás, esta suerte de estado infame fue suficiente para hacerla decidir bajar del recorrido que la dirigía hacia lo que hasta ese momento, era más que desconocido. Eso bastó para bajar el ritmo, paulatinamente.

Ya no eran más de dos líneas por fiesta. Una sonrisa condescendiente al emisor, cada que la bolsa llegaba a su receptora. Y así, hasta que no hubo necesidad de seguir. Ojalá hubiera ayudado al humilde emisor; al cercano, su alcahueta, su amigo, confidente, compañero de harina…

Ahora ya no es su emisario, y tampoco su amigo, aunque se confiesen recíprocamente secretos de primos cuando se ven. No es su alcahueta, pues está recluido en un centro de rehabilitación. No es su compañero de fiesta, pues está dopado la mayor parte del día y de la noche, anda con paso lento, mira lejos y perdido y habla con dificultosa coherencia, elocuencia, sentido común, razón.

Ella tiene una rutina cada viernes: sale de la oficina a las 6:15 Pm. Mastica un chicle (hoy su más saludable vicio), baja a ver el sol ya muerto detrás del mar en la bahía más inmunda de américa y después camina hasta la oficina de una Prima. Parlotean sobre el trabajo en prosa cocinera y finalmente, llegan a una cancha de futbol-sala, donde al antiguo compinche de harina tiene permiso para jugar todos los viernes a las 8:00 Pm.

Ella que ya no se siente hermosa, y tampoco le importa, le grita que patee duro, que haga gol, mientras observa cómo  el corre  a velocidad 2x por los efectos del ribotril. Le anima hasta quedarse ronca, le ruega que sea fuerte y que aguante, que no se canse, que no se rinda; le ofrece sus pantalones y le pide perdón, le ruega perdón por dejarlo ahogarse solo, por no haber visto lo obvio, por no haber echado una mirada más detenida, por no haber hecho algo mas que salvarse así misma, por saltar de la barca que se hundía y no decirle que se bajara con ella: había flotador para todos.

Ella habría preferido hundirse con el, que quedarse a ver como se ahogaba. Hoy solo intenta darle inhalaciones que puedan devolverle algo de la vida que antes tuvo.

viernes, 16 de enero de 2015

Intento fallido de haiku


Esto fue escrito en una servilleta que sirvió de diario en un restaurante barato.

"Sobre fuego 
caminé
y en sus llamas
me abracé
hasta que en cama
me acurruqué.

Le añoré,
le imaginé,
Le soñé.

¿Dime, qué de todo esto es lo que realmente quieres tú?"

Febrero de 2013.