domingo, 26 de febrero de 2012

Sal con una chica que no lee

Gran escrito de Charles Warnke; válido en ambos sexos, pues  le ha dado la razón a mis sospechas y yo me he quedado con la bicicleta.


Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela. 


Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta. 


Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe. 


Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.


Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato. 


Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida. 


Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza. 


No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


Y tu, chico que lee, lárgate también a Alemania o Argentina, regresa con tus infames literatas ninfómanas y llévate a tu maldito Cioran contigo, pues visceralmente Te odio, de verdad te odio.


miércoles, 22 de febrero de 2012

Tengo un libro por terminar de leer, y una carta por escribir.
unas ganas reprimidas por ser consumidas y un cerillo de vainilla encendido.
Tengo una tesis abandonada y un zapato descolorido.
una hermana que duerme en la alcoba izquierda y una persiana americana de fondo musical a la derecha.
tengo una revista por fotocopiar en la biblioteca central,
y un dialogo por narrar frente al grupo de lectura y escritura.
Pero estoy en pijamas acostada en cama, con algo de meimportaunculismo.
No quiero hacer nada de eso.
Me rehúso.
Las ganas han saltado por la ventana de un octavo piso.
Mi fe es una puta barata que se va detrás del peor impostor.

Y el retrato de la pared se ríe de mi...

martes, 14 de febrero de 2012

Escrito en el 2009

Los alcances retóricos de un turista superficial


Estando en el trabajo, llegó un turista al local donde impulso para comprar una botella de old parr. Le dije que si se llevaba una botella, le obsequiaba un pequeño bolsito de mano, pero que si se llevaba dos, le encimaba una hermosa cobija, a lo que muy ágil y astuto contestó:

-¿Y cuántas botellas tengo que comprar para llevarte a ti?
Lo siento señor, no estoy a la venta. Ya estoy comprada. Mi novio dio un precio incombatible.
-Pero bueno, Yo no soy celoso, ven conmigo. Te puedo pasear en mi carro. Vamos y me llevas a conocer la historia de la ciudad. Santa Marta es cuna de historia, dijo.
La verdad, además de perder química, física y matemáticas, perdí sociales e historia en el colegio y, aunque nací y crecí en esta ciudad, desconozco su memoria. ¿No es mejor contratar un guía?
Su rostro se tornó burlón y respondió:
-¿Pero dónde encontraré una guía que sea tan hermosa como tú?
Si... tiene toda la razón. Dónde... pero... oh, ya se! y qué tal un guía gay? Conozco unos muy lindos.
Sus cejas gruesas y canosas se encresparon y con una voz seria dijo:
-No, no. Gracias. A mi no me gustan esas cosas raras.
Bueno. Es todo lo que le puedo ofrecer, además de los premios de las botellas, señor.
-¿No vas a cambiar de opinión?
y es que acaso, ¿debería? o mejor aún, ¿Por qué querría hacerlo?
-Mmm...Ay niña... Que terca eres... No me rindo. ¿Te provoca algo de tomar?
Seguro, gracias. Un Alpin de chocolate por favor.
-Hey, niño -llamando al muchacho que atiende. Tráele a esta reina un alpin de chocolate. Quiero que sepas mi amor, que te mereces eso y mucho mas. Una mujer como tú se merece todo en el mundo.
Ah, ya -respondí abriendo el alpin de chocolate. ¿Y por qué me merezco eso?
-Por ser como eres, ¡Una mujer hermosa!
Seguido de dar los dos primeros sorbos, le repliqué...
O sea que una mujer que ud. considere 'fea', ¿no se merece nada? ¿Y si su hija es fea a ojos de otro? o mejor aún, ¿Su madre era bonita? enséñeme una foto por favor, ¿Habrá recibido acaso lo que merecía... (?)
-No tienes por qué ser tan grosera, contestó enfadado, casi en un tono colérico.
Señor, pero si solamente estoy haciendo una pregunta. Fue consecuente a su comentario, así que no se enoje por favor. Le seré sincera: Me está empezando a hartar. Necesito que me compre una botella de Old parr, una de buchanan's o una de jhonnie walker... Si ninguna de estas botellas es de su interés, le aseguro que pierde su tiempo intentando convencerme con semejantes babosadas. Que tenga buen día y gracias por el alpin de chocolate.

(Al rato...)

Cuando salí del trabajo sentía mucha pesadez en el cuerpo. Mis rodillas estaban débiles, el bolso con los premios pesaba demasiado, mi sonrisa atornillada y mecánica para los compradores se había oxidado, mis ojos estaban cansados de leer a los demás.
Entonces me quité los tacones y caminé en dirección a la playa. Sentí plenitud al tocar la arena con mis pies luego de estar entaconada por 6 horas. Llegué a la orilla del mar y me senté.
Un tipo musculoso y con cara de pillo pasó por el frente mirándome fijamente. Siguió de largo e Ignoré su rumbo. Medité un rato, pensé poco. Cerré los ojos y me acosté en la arena colocando los tacos a un lado.
De repente, una voz con acento paisa, me dice: ¿Por qué tan sola pues?
Abro los ojos y con el fondo del cielo, veo al sujeto que pasó anteriormente, parecía un ángel. Me senté exaltada y algo sorprendida.
-No, Nada. Pasando el rato, contesté.
Mucho gusto, mi nombre es Manuel, dijo sentándose a mi lado.
-Un placer, Juliana. (Mintiendo)
Hubo un pequeño silencio que rompí preguntando:
-¿Y... De vacaciones?
No, no. vengo a hacer un trabajo.
-¿Y en qué trabajas?
<Soy un sicario>

En ese momento, en ese preciso instante todo se detuvo. Quedé casi tan fría como un muerto. ¿Sería posible que alguien me haya mandado a matar? No. es absurdo. Acaso, ¿Qué he hecho? y ¿Por qué me lo dice así de sencillo? ¿Acaso cree que eso es como hacer crispetas? No. Tiene que estar mamando gallo. No me va a decir de buenas a primeras que es un sicario. ¿O si? ¿Qué tiene que perder? ¿Y si me mata justo ahora? Ayyy Jueputaaaa... ¡¡¡A este lo mando el tipo que le menté la madre en la tarde por viejo verde!!! ¡que man tan ardido! ¡Cálmate Day, cálmate! Estoy en el rodadero. El cai esta cerca. No va a ser tan marica de matarme con la policía al lado. No corras, no te exaltes. Cero nervios. Respira hondo.
Y... respirando hondo, muy tranquilamente le dije:


-Ya no es rentable ser sicario. Ahora por pinches 50.000 pesos matan.  No valoran la mano de obra.
El tipo soltó una carcajada casi seductora. Lo sentí como un ángel de la muerte.
Hubo nuevamente un silencio entre los dos.
-Y entonces qué, dime de una buena vez ¿Me vas a matar? pregunté pasando saliva.
Sonrió aún mas fuerte que antes. Realmente no comprendí hasta el momento qué fue lo gracioso.

Chica, ¿Por qué alguien querría matarte a ti?
-Ah, pues eso no lo sé. Pero enemigos me abundan. hoy se sumó un viejo verde a la lista. Pensé que me estaba mandando un sustico contigo.
No, no. Cómo crees. Yo no te tocaría un pelo, eres una mujer muy hermosa.
impresionada por esta respuesta, alcé mis cejas y sonriendo de oreja a oreja, le pregunté:
-¿Y es que a las feas si las matas?
Antes de que pudiera responder, dije: Que te vaya bien con los asesinatos, recogí los tacones y me fui camino a casa, con la certeza de no haber vencido a la muerte.

Día cualquiera de un mes ajeno

Se hizo tarde pronto.
Me alisté y salí en bicicleta sobre la avenida de la Universidad. Al poco trecho me fijé que banana estaba fallando. La llanta de adelante estaba un poco suelta y cuando pedaleaba esta parecía que bailara y me hacía perder el equilibrio, me hacía tambalear. Llegué a una esquina donde parecían arreglar bicicletas...

-Buenas, por favor, ¿Puede revisarme a la niña y decirme que pena le acongoja?

El tipo me mira y se ríe. Tenía las manos completamente sucias, llenas de grasa y con una linea verde que no parecía ser removida desde hace mucho tiempo debajo de cada una de sus 10 uñas.

Me pide que me baje de ella y procede a colocarla boca arriba. La mira, la coge, la mueve, la toquetea descaradamente y yo me siento celosa, muy celosa. Nadie le ha puesto nunca las manos encima a mi bicicleta.

Veredicto final: "Tiene los rines flojos y esta desnivelada."
-Oh no, señor. Mi pobre niña. ¿Qué puede hacer por ella?


El tipo me mira alzando una ceja y dice que puede arreglarla, pero que no tiene en esos momentos uno de los aparatos que necesita. Pregunto si hay otro lugar cercano donde lo arreglen y obviamente contesta que no. Chasqueo con la boca. Le pregunto entonces si hay algún problema en que la maneje así, y asevera: Puedes perder el equilibrio, caerte, puede salirse la llanta, romperse (algo que no recuerdo) y es peligroso...

-Mmm... Suena tentador. Ando suicida hoy. Gracias Sr. Don Mecánico. Muy amable.

Así que me subí sobre ella y seguí el rumbo. Pasé cerca de un bar donde alguien gritó mi nombre. Me giré y vi una mano a lo lejos que se alzaba, di la vuelta y regresé. Reconozco un par de amigos. Me dicen que me quede, que me tome unas cervezas, les digo que muchas gracias pero que no puedo, que estoy manejando (y mientras digo esto señalo a banana). Estos se ríen socarronamente. Me despido y sigo a donde las pedaleadas me lleven. Llegué al camellón de la bahía, compré un helado de dos bolas: una de arequipe y otra de chocolate. Estaba sola, mas sola que nunca y me sentía extraña,  muy extraña. "Humano, demasiado humano" recité mientras le daba lengüetazos a la de arequipe. De repente esta se resbaló del cono y cayó en la arena. Pude sentir desde lo mas profundo de mi ser una tristeza infinita y absoluta. Una nena grande llorando. Luego caminé otro rato mas y cuando acababa la bola de chocolate, llegué donde un señor que mostraba la luna a través de su telescopio por $1.200; sentí ganas así que le pagué y me dispuse a hacer la cola. Habían unos 3 niños delante de mi con sus respectivos papás. (Qué vergonzoso fue...)


Por fin llegó mi turno y la vi cerca, redonda y brillante. Parecía una menta escarchada con marcas de mordidas. No sé por qué pensé en estalactitas que la atravesaban. El dueño del telescopio me dice que los agujeros de queso son choques de meteoritos que ha recibido durante sus millones de años de vida. Me siento envidiosa de saber lo fuerte que es. De observarla tan jovial y elegante, pese a las cicatrices que han marcado su envejecido rostro. Luego pienso que es una presumida la luna. La detesto, la aborrezco. Saco mi ojo del telescopio y el dueño me dice que aún me quedan 2 min. Le digo que se los meta por el culo. Me subo a banana y me voy.


Llego al parque bolívar, y veo a lo lejos una roda de Capoeira. Me acerco y están mis antiguos compañeros practicando, me desvío entonces del camino y llego a los lados del boro, o también conocido como la zona de tolerancia. Veo indigentes/gamines/desechables (entre otras características sociales despectivas) arrojados por todos lados de los andenes. Percibo un olor dulce, como el de la leche hirviendo,  que aunque detesto su sabor, huele agradable... Al parecer hoy es el día en el que todos se drogan, nadie tiene ánimos de intentar robarme. Me siento invisible y aún tengo a banana. 


Regreso a casa retomando la avenida del ferrocarril. Por el camino recuerdo la noticia de los sacerdotes gays que planearon sus muertes al descubrir que tenían sida. Sacando lo polémico de la noticia, me parece extremadamente romántico y pienso en lo lindo que sería planear la muerte con la persona que amas. No dejar que les coja desprevenidos, sino sorprenderla a ella, obligarla a recogernos en las vías de un tren, haciéndole perder su cita con otro pasajero. Me siento más ridícula e invisible que nunca, y lo mejor, es que  me gusta.

domingo, 5 de febrero de 2012




Todo se asume. De la misma forma en que acepté que "The man who sold the world" no era original de Nirvana (y esto fue duro por la adolescencia), esta noche y de esa misma manera asumo ciertas otras nuevas verdades, como por ejemplo, que no tengo a quién darle explicaciones y tampoco tengo por qué exigirlas, porque simplemente no tengo un lazo, un cordón umbilical o un cinturón de castidad que me ate a alguien/a nadie mas. Yo creía que si. Yo pensé. Yo asumí muchas cosas como ciertas antes de preguntar. (Ahora que lo analizo, cuantos mal entendidos nos ahorráramos si tan solo preguntáramos). Y es que a veces por creer, uno se sube a una de esas nubes, desde cuya altura se cree ingenuamente que todo es posible, donde hasta nuestro culo nos parece mágico; Uno se transporta con melodías de Bowie (space oddity o ziggy stardust) donde la dimensión de lo que se anhela está por encima de lo que es real. Prevalecen los mas profundos deseos, y se borran los limites, las imposibilidades. Nadie dijo que no era posible soñar. Oh, pero como duele cuando te das cuenta que a tu nube utópica se le acabó la gasolina y de repente estas postrado otra vez en esa realidad a la que tanto repudias y de la que huyes.
Y es así cuando la mariposa empieza a vomitar a los humanos que la indigestaron, per se.