Llegó el día en que todas aquellas grandes y pequeñas dolencias y frustraciones se acumularon en una sola bola de nieve que subía y bajaba por el espinazo de Renata, poniéndole tan sensible, tan vulnerable o 'tan blandita', como solía decirle vegeta.
Llegó el día en que por solo leer una frase, escuchar la letra de una memorable canción, ver un video, una película, o por simplemente observar el paisaje, lloró.
Lloró una y otra vez toda una tarde y trató de controlarse por la noche. Pero sus lacrimales destilaban como fuentes desbordadas. Era una tristeza infinita, casi absoluta. Y lo peor de todo, es que no sabía muy bien a qué se debía tanta susceptibilidad.
Lloró una y otra vez toda una tarde y trató de controlarse por la noche. Pero sus lacrimales destilaban como fuentes desbordadas. Era una tristeza infinita, casi absoluta. Y lo peor de todo, es que no sabía muy bien a qué se debía tanta susceptibilidad.
Cuanta impotencia y frustración. Cuanto desgane. Cuanta melancolía. Un ambiente que le resultaba absurdo a ella, que lo había tenido todo. Es en medio de esa precisa incomprensión que Renata, llena de ira mordió su mano para intentar acallar sus sollozos. Es en la inconformidad de un vacío, en medio de la vertiginosidad por desconocer lo que le consume por dentro y del deseo por tampoco querer descubrirlo que Renata reconoce a la pena como su eterno acechador.