lunes, 6 de julio de 2015

Cicatrices

Lo recordé hoy, al ver la cicatriz que dejó un accidente laboral en el rostro de un compañero de trabajo. 

Tenía 18 años y había decidido que lo mas conveniente y saludable, era irme de la casa de mis papás. Terminé en un apartaestudio en una ciudad a 18 horas de distancia de la natal.

Una tarde prometedora, fui invitada por un desconocido para participar en un taller relacionado a sus actividades laborales; aunque no nos conocíamos, dijo que siempre me veía leyendo en la biblioteca de su Universidad. Fue mi primera oportunidad oficial para salir de las 4 paredes que consumían lentamente los días. El se desempeñaba como educador psicosocial de comunidades víctimas del conflicto armado, mujeres cabezas de hogar y en general, de líderes comunitarios.

Cuando llegamos, el salón de clases estaba lleno de gente adulta, dejándome en evidencia como la más sardina. Las miradas se sentían paternales y protectoras; puedo decir que me sentía tranquila con ellos.
La puerta se abrió y fue cuando lo vi por primera vez
Usaba unas gafas oscuras, unos jeans desgastados y una chaqueta negra que parecía de cuero. Lo que más llamó mi atención fue su rostro: tenía relieves de cicatrices en, por lo menos, la mitad de su cara.
Se presentó al resto del grupo como un educador más que venía desde bogotá para apoyar los procesos. Hablaba con propiedad y seguridad frente a todos. Me gustaba su lenguaje corporal y me impresionaban los gestos limitados de su boca por las cicatrices. Sentí que era alguien de otro mundo y de repente, quise hablarle sobre cualquier asunto como excusa para acercarme a el.
La jornada duró 4 horas y cuando finalmente terminó, el grupo hizo una ronda para compartir una merienda. Me senté a su lado y para iniciar un conversación, le pregunté si solía viajar con frecuencia a apoyar estos talleres.
Me contó un poco de su vida; tenía 34 años, era Psicólogo y especialista en temas de derechos humanos. No pude evitar preguntarle sobre su rostro (Ahora que me detengo a pensarlo, fue un poco atrevido e imprudente de mi parte); el sonrió y me contestó que era muy curiosa para ser tan pequeña. Pero no vaciló en darme su respuesta: Era educador en un centro de reinserción social, dirigido a los grupos de paramilitares que dejaron las armas y esperaban cumplir su proceso para re-incorporarse a la vida en comunidad en las principales ciudades. Aunque estos centros funcionaban bajo seguridad estatal, en una ocasión, un infiltrado logró identificar los puntos de encuentro para las clases, y de esta manera, logró delatar a aquellos que se desvincularon con aquellos que no dejaron las armas y buscaban dar lección sobre a quién se debía obedecer y bajo qué términos.

Una mañana llegó a dar las clases de siempre, y sin percatarse cómo sucedió, una granada explotó en el salón en medio de los desmovilizados y el. Su rostro sufrió las consecuencias mas visibles; tenía mas de 6 reconstrucciones de tejido facial.
Con total honestidad, le dije que me gustaban mucho las cicatrices, y que las suyas eran de las mas hermosas que había visto. Me sonrió agradecidamente y solo hasta ese momento me percaté que, sin querer, estaba coqueteando por primera vez con un hombre que casi me doblaba la edad: mirando sus ojos verdes, una corriente de vapor recorrió mi rostro, y el volvió a sonreír.

Antes de irse para tomar su vuelo de regreso, me preguntó si estaría en el taller de la semana siguiente y le dije que no me lo perdería por nada del mundo. Tres días después y por razones que aún no logro comprender, yo estaba viajando en bus a otra ciudad para vivir definitivamente. Perdí el teléfono durante ese viaje y cuando sucedió, me percaté que era el único enlace con el chico de la biblioteca que me llevó al taller. No volví a saber nunca más de él; ni siquiera recuerdo su nombre. Pero siempre se dibuja su rostro cuando veo cicatrices.

No hay comentarios:

Publicar un comentario