martes, 27 de enero de 2015

Desencuentro capcioso.

Cuando eran jóvenes y jugaban a tener una relación, alguna vez chino le dijo a miel que sentía pena por todas 'esas' personas que estaban con su pareja por descarte. Incluyó a su hermana mayor y la usó como ejemplo cuando la vio venir hacia ellos, caminando de la mano con su compañero: 

"Mírala. Ni siquiera está con la persona que ama. Está con alguien por el hecho de no estar sola. No quiero eso en mi vida." Dijo.


Miel alzó la vista y sintió pena del par, mas por influencia y prejuicio de chino que por detenerse a pensarlo. Se preguntó si acabaría así a los 27 años, la edad de la hermana mayor y deseó con fuerza que no. En una ráfaga de impulso, tomó la mano de chino y le besó, y le susurró que el futuro de ambos sería distinto. 


Una tarde sin despedirse, chino y miel comprendieron que era hora de tomar caminos distintos; y así cumplieron un tiempo prudente sin saber el uno del otro; hasta que un día, miel distinguió a chino entre la multitud caminando de la mano con la chica de los ojos mas chinos que nunca antes vio. No eran ojos para reposar, y lo reconoció en la manera en que Chino expresó un gesto minúsculo, casi desabrido.

Chino parecía tan distinto ahora que podría la comparación de un huracán que todo se llevó hacer gala a la forma en que se reconstruyó.



Y al verlo ahí sin que el le viese, recordó la vieja apreciación concluida con el ejemplo de su hermana mayor. Mas no por prejuicio, sino por comprensión, miel descubre que, sea por matar el tiempo, por no estar solo, por descarte (o incluso por encarte), es válida también la compañía de un ser tan ajeno a nosotros como forma de reemplazar al amor. Después de todo, miel nunca sabe con qué soledad se tiran entre extraños que se encuentran en el mismo barrio, la misma ciudad o bien en países distintos.

sábado, 24 de enero de 2015

Posibility.

El día comenzó cuando los rayos del sol aún son agradables en esta ciudad. Algo de carmín y disimulo de las ojeras: cada vez duermo menos y se refleja en lo profundo de mis cuencas y en la palidez de mis labios. No quise detenerme a desayunar. Minutos perdidos.

La primera jornada se dejó compartir entre responsabilidades académicas y laborales. Perdí dos buses por exceso de pasajeros y me vi obligada a tomar un transporte ilegal para regresar a eso que llaman hogar. A la mitad y un poco mas del día, compartí una eterna fila con rostros cansados, ignotos. Rostros en su mayoría universitarios. (Y si ese es el futuro, que empiecen campañas agresivas de planificación familiar por favor).

Cuando sonaron 3 campanazos volaron las palomas de la catedral. Varias se posaron sobre un cable eléctrico y dos de ellas reventaron sobre el asfalto a mis pies, bailando, brincando, con la cabeza ladeando, mientras el cuerpo internamente explotaba en corrientazos. Es esto una premonición... (?)

Estando en la oficina, el escritorio no parecía tan divertido comparado con las palomas. Faltan 175 minutos para Salir.

Debo escribir, debo entregar, debo cumplir. Casi no queda tiempo. El tiempo se me cuela entre los dedos. El tiempo es agua.

6:00 Pm. ¿Y qué haré afuera? No quiero desperdiciar mi tiempo inútil en el trancón pico. ¿Hay algún lugar a dónde ir?. Las hojas secas, las bolsas que se arrastran parecieran tener mas destinos, y yo que vivo en una ciudad con puerto, ya no espero a nadie. Me quedaré un rato más. Unos minutos más. Cuando crea que es necesario salir de debajo de la luz blanca. Del escritorio. De la mirada paternal del jefe. Llegó el momento de salir. Saldré. No tiene importancia. No tengo a dónde ir. Esta ciudad no existe ni tendrá potencia u ocasión para suceder.


viernes, 23 de enero de 2015

Luben.


Despertaba con signos de resaca. El día anterior pensó que quizás el martes era un buen día de la semana para empezar a tomar. Pero ahora, miércoles en clase de 7: 00 Am, parecía arrepentirse. Sin embargo tenía un cuerpo con mente y alma joven, 15 años. Edad con hambre de mundo y quizás la edad de las mejores experiencias para una chica hermosa como ella: trastornos del sueño. La paloma de la ‘poesía’ que vino y fue, el aprendizaje de la manipulación, los juegos de a 4, pateando sentimientos por ahí hasta que alguien devuelve el puntapié. Se aprende a valorarse o a prostituirse y el contexto aunque no define, si moldea.



Pero esa mañana la curiosidad insaciable fue abofeteada con un repentino discurso del profesor más detestable que entró al salón dando un portazo a la puerta.

Lo escuchó sin poner mucha atención; habló sobre la juventud y el error de someterse a experiencias mundanas en una etapa todavía previa, cuando todavía se es sardina. Cuando el hambre está insaciable de mundo. Ese monstruo que no se llena con nada más que nuevos hábitos por probar. El monstruo que te quita el sueño. Ella pensó que estar en la Universidad a esa edad, no dejaba otra opción, y estaba contenta con ello.

En algún momento pensó que quizás el profesor la había visto la noche anterior vomitando en alguna Av. Principal que ya no recordaba y el discurso mordaz iba dirigido a ella. Temió por ser sometida a un escarnio público, pues durante algún tiempo de la juventud se tiende a darle demasiada importancia a la imagen que se proyecta ante los demás. A veces incluso mucho más que haciendo parte del mundo adulto.

El profesor la miró a los ojos, tomó aire, fuerte, con ánimos paternos y mirándola fijamente dijo, “Y si tienen la curiosidad suficiente para meterse a probar las drogas, tengan los pantalones suficientes para salir de ellas”.

El profesor tiró de otro portazo en medio de los silencios apenas pasados los primeros 5 minutos y no volvió. 

Ella se limpiaba el bigote, la parte de su cuerpo que más le sudaba cuando estaba nerviosa. Alguien preguntó en voz alta qué le sucedía al profesor. Pero pronto los rumores los alcanzaron en la siguiente clase. Una estudiante de algunos semestres más avanzados, había fallecido por sobredosis de cocaína.

Desde ese día en adelante, llevó esa frase como bandera cada vez que inhalaba una línea para aguantar más tiempo de pie en fiesta; la usó y la izó en su cerebro cada que decidía alucinar con LSD para enfrentar sus miedos, e incluso, cada que inhalaba un dulce porrito de marihuana para conciliar el sueño. Atrás quedaron esos años de infancia misionera en la iglesia de la comuna; atrás quedó la posterior juventud franciscana. Todo empezó a los 14 bajo la influencia y el enamoramiento platónico de un profesor de literatura, homosexual, para su mayor frustración de la adolesxistencia. Y cuando los 15 rompieron moldes, los 16 la convirtieron al consumo responsable. “No se consume sin razón coherente.” Solía decirse.

Y Por descabellado que pareciera, funcionó por un tiempo. Pero la harina blanca le fue causando cierto gusto y comodidad; un hormigueo eléctrico y colorido que subía por la nariz hasta llegar a la cabeza, bajando por el espinazo. concentrándose, creciendo, inflando y estornudando en colores. Siempre tenía los ojos cerrados, nunca vi sus pupilas dilatadas. Prefería implosionar.

Por un tiempo se creyó afortunada, pues nunca necesitó comprar la harina blanca. No por carencia económica, sino porque temía que alguien la viese en algún sitio de dudosa reputación y así todo se fuese a la mierda en casa. Su nuevo compañero de andanzas, alguien cercano y de la infancia, alcahueta y casi hermano, le pasaba la bolsita hasta sus manos. Ella se dirigía al baño y recordaba a la estudiante muerta que nunca conoció; entonces trataba de izar la bandera con la frase del profesor cuando la fiesta gay se salía de control pero el estandarte favorito ahora era el multicolor, y no precisamente por ser homosexual.

Su pareja de momento nunca se dio siquiera por enterado de esta situación. Estaba demasiado ocupado pensando en los tipos que la pretendían con intenciones de conquista. Si tan solo se hubiera detenido a observarla… Basta una mirada sobre alguien que conocemos para comprender lo que no vemos. Su segunda relación estuvo todo el tiempo en otro país, nunca se volvieron a ver. Su tercera terminó muy pronto. 

El acné empezó a aparecer, y a su paso, la belleza desaparecía. El cabello comenzó a caerse más frecuentemente, el peso a disminuir, las ojeras a marcarse y quizás, esta suerte de estado infame fue suficiente para hacerla decidir bajar del recorrido que la dirigía hacia lo que hasta ese momento, era más que desconocido. Eso bastó para bajar el ritmo, paulatinamente.

Ya no eran más de dos líneas por fiesta. Una sonrisa condescendiente al emisor, cada que la bolsa llegaba a su receptora. Y así, hasta que no hubo necesidad de seguir. Ojalá hubiera ayudado al humilde emisor; al cercano, su alcahueta, su amigo, confidente, compañero de harina…

Ahora ya no es su emisario, y tampoco su amigo, aunque se confiesen recíprocamente secretos de primos cuando se ven. No es su alcahueta, pues está recluido en un centro de rehabilitación. No es su compañero de fiesta, pues está dopado la mayor parte del día y de la noche, anda con paso lento, mira lejos y perdido y habla con dificultosa coherencia, elocuencia, sentido común, razón.

Ella tiene una rutina cada viernes: sale de la oficina a las 6:15 Pm. Mastica un chicle (hoy su más saludable vicio), baja a ver el sol ya muerto detrás del mar en la bahía más inmunda de américa y después camina hasta la oficina de una Prima. Parlotean sobre el trabajo en prosa cocinera y finalmente, llegan a una cancha de futbol-sala, donde al antiguo compinche de harina tiene permiso para jugar todos los viernes a las 8:00 Pm.

Ella que ya no se siente hermosa, y tampoco le importa, le grita que patee duro, que haga gol, mientras observa cómo  el corre  a velocidad 2x por los efectos del ribotril. Le anima hasta quedarse ronca, le ruega que sea fuerte y que aguante, que no se canse, que no se rinda; le ofrece sus pantalones y le pide perdón, le ruega perdón por dejarlo ahogarse solo, por no haber visto lo obvio, por no haber echado una mirada más detenida, por no haber hecho algo mas que salvarse así misma, por saltar de la barca que se hundía y no decirle que se bajara con ella: había flotador para todos.

Ella habría preferido hundirse con el, que quedarse a ver como se ahogaba. Hoy solo intenta darle inhalaciones que puedan devolverle algo de la vida que antes tuvo.

viernes, 16 de enero de 2015

Intento fallido de haiku


Esto fue escrito en una servilleta que sirvió de diario en un restaurante barato.

"Sobre fuego 
caminé
y en sus llamas
me abracé
hasta que en cama
me acurruqué.

Le añoré,
le imaginé,
Le soñé.

¿Dime, qué de todo esto es lo que realmente quieres tú?"

Febrero de 2013.