Despertaba con signos de resaca. El día anterior pensó que quizás el martes era un buen día de la semana para empezar a tomar. Pero ahora, miércoles en clase de 7: 00 Am, parecía arrepentirse. Sin embargo tenía un cuerpo con mente y alma joven, 15 años. Edad con hambre de mundo y quizás la edad de las mejores experiencias para una chica hermosa como ella: trastornos del sueño. La paloma de la ‘poesía’ que vino y fue, el aprendizaje de la manipulación, los juegos de a 4, pateando sentimientos por ahí hasta que alguien devuelve el puntapié. Se aprende a valorarse o a prostituirse y el contexto aunque no define, si moldea.
Pero esa mañana la curiosidad insaciable fue abofeteada con un repentino discurso del profesor más detestable que entró al salón dando un portazo a la puerta.
Lo escuchó sin poner mucha atención; habló sobre la juventud y el error de someterse a experiencias mundanas en una etapa todavía previa, cuando todavía se es sardina. Cuando el hambre está insaciable de mundo. Ese monstruo que no se llena con nada más que nuevos hábitos por probar. El monstruo que te quita el sueño. Ella pensó que estar en la Universidad a esa edad, no dejaba otra opción, y estaba contenta con ello.
En algún momento pensó que quizás el profesor la había visto la noche anterior vomitando en alguna Av. Principal que ya no recordaba y el discurso mordaz iba dirigido a ella. Temió por ser sometida a un escarnio público, pues durante algún tiempo de la juventud se tiende a darle demasiada importancia a la imagen que se proyecta ante los demás. A veces incluso mucho más que haciendo parte del mundo adulto.
El profesor la miró a los ojos, tomó aire, fuerte, con ánimos paternos y mirándola fijamente dijo, “Y si tienen la curiosidad suficiente para meterse a probar las drogas, tengan los pantalones suficientes para salir de ellas”.
El profesor tiró de otro portazo en medio de los silencios apenas pasados los primeros 5 minutos y no volvió.
Ella se limpiaba el bigote, la parte de su cuerpo que más le sudaba cuando estaba nerviosa. Alguien preguntó en voz alta qué le sucedía al profesor. Pero pronto los rumores los alcanzaron en la siguiente clase. Una estudiante de algunos semestres más avanzados, había fallecido por sobredosis de cocaína.
Desde ese día en adelante, llevó esa frase como bandera cada vez que inhalaba una línea para aguantar más tiempo de pie en fiesta; la usó y la izó en su cerebro cada que decidía alucinar con LSD para enfrentar sus miedos, e incluso, cada que inhalaba un dulce porrito de marihuana para conciliar el sueño. Atrás quedaron esos años de infancia misionera en la iglesia de la comuna; atrás quedó la posterior juventud franciscana. Todo empezó a los 14 bajo la influencia y el enamoramiento platónico de un profesor de literatura, homosexual, para su mayor frustración de la adolesxistencia. Y cuando los 15 rompieron moldes, los 16 la convirtieron al consumo responsable. “No se consume sin razón coherente.” Solía decirse.
Y Por descabellado que pareciera, funcionó por un tiempo. Pero la harina blanca le fue causando cierto gusto y comodidad; un hormigueo eléctrico y colorido que subía por la nariz hasta llegar a la cabeza, bajando por el espinazo. concentrándose, creciendo, inflando y estornudando en colores. Siempre tenía los ojos cerrados, nunca vi sus pupilas dilatadas. Prefería implosionar.
Por un tiempo se creyó afortunada, pues nunca necesitó comprar la harina blanca. No por carencia económica, sino porque temía que alguien la viese en algún sitio de dudosa reputación y así todo se fuese a la mierda en casa. Su nuevo compañero de andanzas, alguien cercano y de la infancia, alcahueta y casi hermano, le pasaba la bolsita hasta sus manos. Ella se dirigía al baño y recordaba a la estudiante muerta que nunca conoció; entonces trataba de izar la bandera con la frase del profesor cuando la fiesta gay se salía de control pero el estandarte favorito ahora era el multicolor, y no precisamente por ser homosexual.
Su pareja de momento nunca se dio siquiera por enterado de esta situación. Estaba demasiado ocupado pensando en los tipos que la pretendían con intenciones de conquista. Si tan solo se hubiera detenido a observarla… Basta una mirada sobre alguien que conocemos para comprender lo que no vemos. Su segunda relación estuvo todo el tiempo en otro país, nunca se volvieron a ver. Su tercera terminó muy pronto.
El acné empezó a aparecer, y a su paso, la belleza desaparecía. El cabello comenzó a caerse más frecuentemente, el peso a disminuir, las ojeras a marcarse y quizás, esta suerte de estado infame fue suficiente para hacerla decidir bajar del recorrido que la dirigía hacia lo que hasta ese momento, era más que desconocido. Eso bastó para bajar el ritmo, paulatinamente.
Ya no eran más de dos líneas por fiesta. Una sonrisa condescendiente al emisor, cada que la bolsa llegaba a su receptora. Y así, hasta que no hubo necesidad de seguir. Ojalá hubiera ayudado al humilde emisor; al cercano, su alcahueta, su amigo, confidente, compañero de harina…
Ahora ya no es su emisario, y tampoco su amigo, aunque se confiesen recíprocamente secretos de primos cuando se ven. No es su alcahueta, pues está recluido en un centro de rehabilitación. No es su compañero de fiesta, pues está dopado la mayor parte del día y de la noche, anda con paso lento, mira lejos y perdido y habla con dificultosa coherencia, elocuencia, sentido común, razón.
Ella tiene una rutina cada viernes: sale de la oficina a las 6:15 Pm. Mastica un chicle (hoy su más saludable vicio), baja a ver el sol ya muerto detrás del mar en la bahía más inmunda de américa y después camina hasta la oficina de una Prima. Parlotean sobre el trabajo en prosa cocinera y finalmente, llegan a una cancha de futbol-sala, donde al antiguo compinche de harina tiene permiso para jugar todos los viernes a las 8:00 Pm.
Ella que ya no se siente hermosa, y tampoco le importa, le grita que patee duro, que haga gol, mientras observa cómo el corre a velocidad 2x por los efectos del ribotril. Le anima hasta quedarse ronca, le ruega que sea fuerte y que aguante, que no se canse, que no se rinda; le ofrece sus pantalones y le pide perdón, le ruega perdón por dejarlo ahogarse solo, por no haber visto lo obvio, por no haber echado una mirada más detenida, por no haber hecho algo mas que salvarse así misma, por saltar de la barca que se hundía y no decirle que se bajara con ella: había flotador para todos.
Ella habría preferido hundirse con el, que quedarse a ver como se ahogaba. Hoy solo intenta darle inhalaciones que puedan devolverle algo de la vida que antes tuvo.