El día comenzó cuando los rayos del sol aún son agradables en esta ciudad. Algo de carmín y disimulo de las ojeras: cada vez duermo menos y se refleja en lo profundo de mis cuencas y en la palidez de mis labios. No quise detenerme a desayunar. Minutos perdidos.
La primera jornada se dejó compartir entre responsabilidades académicas y laborales. Perdí dos buses por exceso de pasajeros y me vi obligada a tomar un transporte ilegal para regresar a eso que llaman hogar. A la mitad y un poco mas del día, compartí una eterna fila con rostros cansados, ignotos. Rostros en su mayoría universitarios. (Y si ese es el futuro, que empiecen campañas agresivas de planificación familiar por favor).
Cuando sonaron 3 campanazos volaron las palomas de la catedral. Varias se posaron sobre un cable eléctrico y dos de ellas reventaron sobre el asfalto a mis pies, bailando, brincando, con la cabeza ladeando, mientras el cuerpo internamente explotaba en corrientazos. Es esto una premonición... (?)
Estando en la oficina, el escritorio no parecía tan divertido comparado con las palomas. Faltan 175 minutos para Salir.
Debo escribir, debo entregar, debo cumplir. Casi no queda tiempo. El tiempo se me cuela entre los dedos. El tiempo es agua.
6:00 Pm. ¿Y qué haré afuera? No quiero desperdiciar mi tiempo inútil en el trancón pico. ¿Hay algún lugar a dónde ir?. Las hojas secas, las bolsas que se arrastran parecieran tener mas destinos, y yo que vivo en una ciudad con puerto, ya no espero a nadie. Me quedaré un rato más. Unos minutos más. Cuando crea que es necesario salir de debajo de la luz blanca. Del escritorio. De la mirada paternal del jefe. Llegó el momento de salir. Saldré. No tiene importancia. No tengo a dónde ir. Esta ciudad no existe ni tendrá potencia u ocasión para suceder.
La primera jornada se dejó compartir entre responsabilidades académicas y laborales. Perdí dos buses por exceso de pasajeros y me vi obligada a tomar un transporte ilegal para regresar a eso que llaman hogar. A la mitad y un poco mas del día, compartí una eterna fila con rostros cansados, ignotos. Rostros en su mayoría universitarios. (Y si ese es el futuro, que empiecen campañas agresivas de planificación familiar por favor).
Cuando sonaron 3 campanazos volaron las palomas de la catedral. Varias se posaron sobre un cable eléctrico y dos de ellas reventaron sobre el asfalto a mis pies, bailando, brincando, con la cabeza ladeando, mientras el cuerpo internamente explotaba en corrientazos. Es esto una premonición... (?)
Estando en la oficina, el escritorio no parecía tan divertido comparado con las palomas. Faltan 175 minutos para Salir.
Debo escribir, debo entregar, debo cumplir. Casi no queda tiempo. El tiempo se me cuela entre los dedos. El tiempo es agua.
6:00 Pm. ¿Y qué haré afuera? No quiero desperdiciar mi tiempo inútil en el trancón pico. ¿Hay algún lugar a dónde ir?. Las hojas secas, las bolsas que se arrastran parecieran tener mas destinos, y yo que vivo en una ciudad con puerto, ya no espero a nadie. Me quedaré un rato más. Unos minutos más. Cuando crea que es necesario salir de debajo de la luz blanca. Del escritorio. De la mirada paternal del jefe. Llegó el momento de salir. Saldré. No tiene importancia. No tengo a dónde ir. Esta ciudad no existe ni tendrá potencia u ocasión para suceder.
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