Salí hasta la terraza de la casa de Mapache para esperar el taxi que acababa de pedir por teléfono. El sueño que sentía me pesaba sobre los ojos. Era como si dos enormes bloques de hierro se colgaran y se balancearan sobre mis pestañas para obligarme a cerrarlos. La bocina del taxi me hizo brincar de la cómoda pared sobre la que me había recostado para recordarme del servicio que solicité. Salí y me subí a este.
-Buenos días, dijo el señor.
[Me asomé por la ventana para tratar de saber la hora, pero todavía el cielo estaba muy oscuro].
-A esta hora uno no sabe si es de madrugada o de noche, le contesté.
-En ese caso, son las 4:44 Am
-Entonces digamos que buenas madrugadas. Me lleva por favor, a la Tramacúa -Y antes de terminar esta frase, posé mi vista sobre el retrovisor para observar su expresión. Inmediatamente me encontró su mirada con una inevitable reacción de impresión y un extraño gesto de condescendencia.
Minutos después ya estábamos a las afueras de la ciudad. Miré el celular: 5:01 Am. Le dejé el pago y le agradecí por su servicio. El señor me deseó buena suerte.
Me bajé en medio de la oscuridad y de lo primero que me percaté, fue del murmullo de una multitud que no lograba encontrar a primera vista. El taxi dio una vuelta para regresar hacia la ruta que conduce a la ciudad, y con sus luces alumbró la entrada y los alrededores del sitio. Distinguí un enrejado que parecía ser la entrada; conté aproximadamente a 50 mujeres que hacían una fila. Habían pares de zapatos entre unas y otras, que daban cuenta de un cuerpo sin presencia física que estaba en turno también. Escuché insultos, comentarios airados, quejas y reclamos. No sabía por donde meterme y torpemente tropezaba con alguna que otra señora que no ocultaba su molestia. Me sentí abrumada.
Quizás mi cara de desconcierto fue demasiado obvia y causó la simpatía de una morena de figuras bien proporcionadas que se acercó hasta mi para soltarme con compasión un: "Apuesto que es tu primera vez aquí" Por un momento me impresionó su abordaje, pues me habían advertido que no estableciera contacto con nadie, que no era seguro. Pero no dudé en aceptar su gesto amable y le respondí con un: "¿Qué me delató, mi cara de susto?" Y las dos nos reímos.
Supe que se llamaba Loraine. Tenía 20 años, pero parecía de 30. Me pregunté que le había sucedido para perder la lozanía de la juventud tan pronto. Loraine me llevó donde una mujer rodeada de muchas otras que estaba de cabecera en la fila. Tenía rulos en la cabeza, fumaba un cigarrillo y usaba lo que parecían unas pijamas.
-Mechas, ella es nueva- le dijo Loraine.
-A ver mamasita, venga para acá.
[Por un momento dudé si me hablaba a mi]
Niña, que venga para acá -Y Loraine me empujó hacia adelante.
-Brinqué para no caerme y quedé en frente de mechas.
-Nombre
-Me llamo 94.2345.6732X
[Y empezó a escribir y a repetir después de mi, lentamente, como deletreandolo]
Muy bien XXX, tienes el turno 97 en la fila. Le entrada empieza las 8:00 Am. Vas detrás de la Sra. Rosa, la que está ahí de camisilla rosada. Me volví para ver la cara de quien fuera la Sra. Rosa, pero solo distinguí su camisilla rosada.
Loraine me tomó de la mano y me dijo con emoción de nueva amistad: ¡Ven conmigo! ¡Vamos donde Marta!
Me dejé llevar por ella cruzando la carretera hacia un sector arborizado y oscuro. Miré hacia el cielo y noté que este empezaba a clarearse. Llegamos a lo que parecían ser unos cambuches, en donde conté aproximadamente 30 mujeres más. Algunas estaban descansando sobre esteras, otras sobre mantas, otras usaban las piernas de otras más para recostarse. Llegamos a lo que parecía ser una casucha cercada. Dentro estaba una mujer de cabellos blancos.
-Sra Marta: le traje una nueva, dijo loraine.
La Sra. me miró de pies a cabeza y preguntó:
Ya tienes donde guardar tus cosas?
-No todavía. Pero me dijeron que en estos sitios alquilaban especies de lockers para guardarlas. Creo que este es uno, verdad?
-Qué son lockers? Preguntó Loraine
-Son como casilleros de seguridad para guardar elementos.
(Las dos estallaron en risas)
Ah, lockers! - Repitió Loraine.
-Si, aquí es. Intervino la Sra Marta nuevamente. Yo soy una de las 3 tiendas que guarda los objetos personales.
(Repasé el sitio nuevamente en medio de la oscuridad y aunque no pretendí ser pretenciosa con las tiendas, estas realmente eran una suerte de estacas de madera rodeadas con un cerco de plástico y un tablón de madera como mesón).
-Este es tu locker, dijo la Sra Marta, y me pasó una bolsa plástica que tenía una hoja de papel pegada en el centro con el número 58. No terminaba de asimilar la sorpresa por los lockers cuando Loraine empezó a quitarme todos los accesorios que traía puestos. ¡Ven, primero los aretes! dijo. Y sus manos parecían los tentáculos de un pulpo que iba rodeando todo mi cuerpo. Me sacó el collar, los aretes de perlas, el gancho de la cabeza, la correa que ajustaba mi cintura; todo con una agilidad impresionante. Cuando se dispuso quitarme un pulso le increpé con algo de desdén: ¡Basta! ¡¿Qué haces?!
-Te estoy quitando todo lo que te quitaran cuando pases por el detector de metal; sino te lo quitas, se lo quedan allá adentro
¿De qué hablas?
-Esta es una cárcel de máxima seguridad bizcocha. Acaso no te explicaron que no puedes entrar mas que con tu cédula?
-Si, si me lo dijeron, pero no creí que fuera tan estricto
-Bueno, ¿te dejas ayudar o no?
[La inseguridad que sentía era enorme, pero opté por un gesto de confianza].
-Lo siento Loraine, soy la nueva. Esto me tiene un poco abrumada...
-Ay nena, todas pasamos por ahí. Pero no te asustes que te va a mariquear cualquiera de aquí si te descubre.
Empezamos a guardar mis cosas en la bolsa. Loraine le hizo un doble nudo y se la devolvió a la Sra Marta. Luego nos sentamos al borde de la carretera; ya empezaban a notarse los primeros claros del día.
-Qué turno tienes tú? Le pregunté
-El segundo, contestó.
- Pero cómo es posible, ¿Desde qué hora estás tu aquí?
-Desde las 5 de la tarde de ayer, contestó con mirada apagada. Noté el cansancio en sus ojeras ahora que había mas luz.
-Vaya... -dije casi sin aliento. Y tú a quién vas a visitar? pregunté retomando la conversa.
Su semblante cambió repentinamente. Y con voz apagada, pero amorosa, dijo: A mi esposo...
-No pensé que fueras casada con 20 años. Eres muy joven... le dije
-Me casé a los 16 y a los 17 me lo quitaron.
En ese momento comprendí por qué se veía tan envejecida. Guardé silencio...
-Y tú a quién visitas? preguntó ella
-A mi exnovio.
Con ojos picarones infirió: Van a volver?
Yo sonreí y le contesté: No lo creo. No sabía que estaba aquí hasta hace poco que me escribió una carta contándome de su situación... y lo quiero mucho, y quiero que sepa que cuenta con mi apoyo, lo que sea que eso signifique...
-Pero donde hubo fuego, dicen que... -No perdió la mirada esperanzadora de una historia con final feliz, pero la interrumpí secamente:
-No lo creo Loraine, ya estoy saliendo con alguien.
Ella comprendió y se quedó en silencio. El sol empezaba a ponerse picante en nuestros cachetes y cuello, aún siendo tan temprano. La carretera se calentó y nos obligó a replegarnos con el resto de mujeres que estaban en tierra. Escuchaba risotadas, bullicio, chistes verdes. La mayoría estaba en pijamas viejas, ropas gastadas y con ganchos en la cabeza para conservar la lisura del cabello con la famosa técnica 'la vuelta'. Algunas jugaban cartas, otras desayunaban lo que habían traído en sus bolsos y algunas otras seguían dormidas.
En medio de este panorama, una voz dijo:
"Bueno mi reinas, ya son las siete. Puyen el burro las que se van a bañar"
De inmediato, gran parte de las que estaban acostadas en la tierra se pusieron en pie y se dirigieron a los respectivos cambuches; en cada tienda se hicieron colas para utilizar unas duchas improvisadas cuyas paredes eran plásticos amarrados con cuerdas al tronco de varios árboles. Cada visitante pagaba $1.000 por una caneca de agua; supe que el líquido llegaba por unas tuberías cercanas y era recogida por las 3 tenderas que tenían el negocio de atender a las visitantes que esperábamos afuera de la cárcel.
La ducha por cada mujer demoraba aproximadamente de dos a 3 minutos; pero si llegaba a este punto, las demás en la fila las silbaban y criticaban a grito la falta de tiempo y la demora. Una vez salían de la ducha, procedían a cambiarse. Vi otra fila en la que hacían turnos para dejarse maquillar por una mujer que, sentada en una silla plástica, encabezaba la orden de la belleza. Loraine estaba arrodillada frente a esta, era la primera.
Al otro lado de la carretera, una guardiana se asomó por el enrejado, tocó un pito y grito: ¡La fila!
Un tropel de mujeres, (algunas con ropas colgando y zapatos aún sin calzar) se dieron a la corrida del otro lado para recuperar sus puestos. Un grupo mas pequeño, nos quedamos justo donde estábamos. Reconocí a la Sra. Rosa cerca de mi, me dijo que no me preocupara, que por ahora no entrábamos porque todavía estábamos lejos de nuestro turno. Empecé a sentir la piel fría, las manos sudorosas y un escalofrío que me helaba el espinazo; podía sentir cómo me embargaban los nervios rápidamente. ¿Qué sería lo primero que le diría cuando lo viera? ¿Qué tan cambiado estaría? Y... ¿Qué sentiría?
Un tropel de mujeres, (algunas con ropas colgando y zapatos aún sin calzar) se dieron a la corrida del otro lado para recuperar sus puestos. Un grupo mas pequeño, nos quedamos justo donde estábamos. Reconocí a la Sra. Rosa cerca de mi, me dijo que no me preocupara, que por ahora no entrábamos porque todavía estábamos lejos de nuestro turno. Empecé a sentir la piel fría, las manos sudorosas y un escalofrío que me helaba el espinazo; podía sentir cómo me embargaban los nervios rápidamente. ¿Qué sería lo primero que le diría cuando lo viera? ¿Qué tan cambiado estaría? Y... ¿Qué sentiría?
-Como que estas pensando mucho; ¿Estas nerviosa? me dijo la Sra Marta, y cuando lo hizo, fue como si de repente me trajeran a la realidad otra vez.
-Un poquito, contesté.
Mirándome el pecho fijamente, frunció el ceño y dijo:
-Niña, no te dejarán entrar sino tienes brasier.
-Niña, no te dejarán entrar sino tienes brasier.
-Pero me habían dicho que si usaba brasier tampoco me dejaban entrar, por las varillas metálicas que estas tienen en los arcos.
-Si, pero tienes que traer al menos de esos topcitos que usan las niñas, los corpiñitos esos; no puedes entrar con las teticas al aire.
-Pero no están al aire, estoy usando un vestido que me cubre perfectamente el pecho; ni siquiera es escote
-No sé, pensarán allá adentro que vas a pelarle tetas a todos los presos y quieren evitarse problemas.
-¿Qué? ¿Es en serio?
-Ay claro que no... No te tomes todo lo que digo al pie de la letra; pero escúchame esto muy bien: sin top no te dejarán entrar
-Y de dónde se supone que saque un corpiño ahora? Estoy a punto de entrar, a las afueras de la ciudad y no tengo mas ropa para cambiarme.
Me miró analizándome la medida del busto cerrando un ojo y mirándose el suyo, y agregó:
-Aunque no somos la misma talla, creo que te puede quedar el mío.
-Aunque no somos la misma talla, creo que te puede quedar el mío.
Se metió al baño improvisado y se quitó lo que fuera un top verde fluorescente; me lo entregó y pude sentir la humedad de su sudor que había empapado la prenda. Me obligué a no sentir asco, pues era mi única alternativa y le agradecí su gesto desinteresado. Enseguida le pedí la bolsa donde había guardado mis cosas y entré al baño improvisado. Rocié el top con mi splash de coco y me rellené de talcos el cuello, los senos, las axilas y la espalda. Traté de sacudir la prenda esperando que con ello se aireara, pero fue inútil.
"¡Ojo con los perros! cuando hueles a mucha crema o perfume se te pegan" escuché que advirtió la Sra. Marta. Pensé que ningún guardia me coquetearía en un centro penitenciario y volví a rociar el corpiño de splash todavía más.
De repente la Sra. Rosa metió su cabeza a través del plástico y me dijo:
¡Niña! ¡Ya van entrando las del turno de los ochentas, vamos!
Apresuré mi ritmo y me vestí, recogí todo y lo puse de regreso en la bolsa naranja que le devolví a la Sra. Marta
Esta me miró los pies y advirtió:
-¿Y esos zapatos cerrados? Con esos tampoco te dejan entrar.
-¿Y esos zapatos cerrados? Con esos tampoco te dejan entrar.
-Ay mierda, lo olvidé por completo. ¿Tendrá algunos que me alquile?
-No, ya todos los alquilé.
"¡Niña, vamos!" Volvió a exclamar la Señora Rosa, "¡Y no se te olvidé la cédula!" agregó mientras cruzaba hacia la entrada de la penitenciría.
¡Ay Jueputa! ¡¿Dónde carajos dejé la cédula?! Miré en los alrededores, el suelo, la carretera, la tierra, toqué mis caderas, mis nalgas, mi pecho; no la tenía en mis manos ya. [Esto no me puede estar pasando a mi...]
-En qué mundo estás muchacha, dijo la Sra. Marta mientras me la devolvía: La dejaste tirada en el baño
[Recordé haberla dejado en una piedra cuando me probaba el top].
Suspiré de alivio y de terror a la vez.
-Toma mis sandalias, dijo. No creo que te queden, pero sino es con eso, no entras.
Suspiré de alivio y de terror a la vez.
-Toma mis sandalias, dijo. No creo que te queden, pero sino es con eso, no entras.
Sin pensarlo me las calcé; mis dedos y talones quedaban volando por fuera de la suela. La abracé y le agradecí con la voz quebrada, y corrí hacia la entrada de la penitenciaría. Divisé a la Sra. Rosa que estaba a dos turnos de entrar. Las demás mujeres me miraban con cara de no dejarme pasar; pero Rosa casi que por reacción metafísica, giró hacia atrás, reconoció mi rostro y me gritó que pasara adelante a tomar mi turno. Me sentí respaldada y me volé las barandas hasta quedar detrás de ella. Hubo murmullos, pero estos no me importaron.
Entramos a un pequeño pasillo después de la reja principal, donde un guardia nos reseñó la cédula desde una pequeña cabina con suficiente espacio para el y su computador; "Nombre. No. Cédula. Cédula para verificación por favor. A quién visita. TD del recluso. Torre del recluso". Y luego de entregarnos dos papelitos impresos: "siga por favor".
Doña Rosa me esperaba fuera del pasillo. Al salir de este, un guardia nos dijo: "Documentos por favor. Brazo por favor". [Nos colocó un sello con el dibujo de una casita infantil]. "Sigan derecho por favor".
Seguí caminando aferrada al brazo de Doña Rosa por una entrada cubierta de árboles, a paso lento y seguro; como cuando caminaba en el pueblo con mi abuela para hacer el mercado. Aproximadamente 50 metros al fondo llegamos a otro enrejado. Algunas mujeres estaban haciendo fila todavía. Cuando llegó nuestro turno, pasamos una por una a través de un detector de metales semejante al de los aeropuertos: "párese en medio del detector y de una vuelta por favor. Adelante". "Quítese los zapatos y páselos por el lector" (una máquina enorme en medio del salón). "Brazo por favor". Nos colocó un segundo sello con un dibujo de globo esta vez y un tercero que no se veía en el brazo derecho.
Seguí caminando aferrada al brazo de Doña Rosa por una entrada cubierta de árboles, a paso lento y seguro; como cuando caminaba en el pueblo con mi abuela para hacer el mercado. Aproximadamente 50 metros al fondo llegamos a otro enrejado. Algunas mujeres estaban haciendo fila todavía. Cuando llegó nuestro turno, pasamos una por una a través de un detector de metales semejante al de los aeropuertos: "párese en medio del detector y de una vuelta por favor. Adelante". "Quítese los zapatos y páselos por el lector" (una máquina enorme en medio del salón). "Brazo por favor". Nos colocó un segundo sello con un dibujo de globo esta vez y un tercero que no se veía en el brazo derecho.
-Pero no tiene tinta, le dije
-De eso se trata, contestó. Adelante por favor.
Volví a mirar mi brazo a la luz del sol y a contraluz, pero ni humedad se notaba. Antes de seguir, escuché la máquina de los zapatos pitar y una mujer gritaba desesperada: "Pero colaboréme, por favor, mire yo entro descalza si quiere". Pero inmediatamente un guardia le dijo que se regresara, que no pasaría de esa sección.
Esta vez yo esperaba a que la Sra. Rosa se volviera a colocar sus zapatos. Después seguimos caminando y llegamos a un tercer enrejado; entraban de a 6 mujeres y nosotras completamos el grupo.
-"Adelante por favor".
Nos sentaron en 6 sillas de plástico que estaban dispuestas en hilera. El guardia sacó una pelota de bolsillo a la par que escuché ladridos. Habían dos perros a un lado de otro enrejado; un pastor alemán y un labrador negro. El guardia les abrió la reja y recordé la advertencia de la Sra Marta cuando me perfumaba: no se refería a que me levantaría a algún guardia del inpec; literalmente hablaba de perros con olfatos bien entrenados para olores de droga. Sentí un pánico abrumador y creí que el pastor alemán me miraba justo en esos momentos.
-"Adelante por favor".
Nos sentaron en 6 sillas de plástico que estaban dispuestas en hilera. El guardia sacó una pelota de bolsillo a la par que escuché ladridos. Habían dos perros a un lado de otro enrejado; un pastor alemán y un labrador negro. El guardia les abrió la reja y recordé la advertencia de la Sra Marta cuando me perfumaba: no se refería a que me levantaría a algún guardia del inpec; literalmente hablaba de perros con olfatos bien entrenados para olores de droga. Sentí un pánico abrumador y creí que el pastor alemán me miraba justo en esos momentos.
El guardia sonó dos veces sus labios a manera beso, y soltó al pastor alemán. Empezó de atrás hacia adelante, yo estaba justo en la mitad. Sentí el olfato del perro en mi trasero y no pude dar un leve brinco. Pasó rápido a la siguiente silla, mientras el guardia sonaba un chasquido con sus dedos adelante y atrás de cada asiento. El perro se prendió de la parte trasera de las dos primeras mujeres en la hilera. El guardia hizo el ejercicio nuevamente de atrás hacia adelante; esta vez el perro metió su nariz en medio de mis piernas, sin demorar mas de dos segundos. Sentí alivio, y a la vez algo de gracia. Paseó luego al labrador negro y este también se prendió de las dos primeras mujeres en la hilera, mientras una de estas empezaba a llorar y decía: ¡Ay no! no, no no... ¡Vete de aquí, déjame tranquila que no traigo nada, solo quiero visitar a mi esposo! La otra se veía notablemente nerviosa. Las sacaron del grupo y las llevaron por otro corredor.
Doña rosa y yo continuamos por un largo pasillo también enrejado hasta el fondo. Llegamos a un nuevo corredor y allí nos esperaba un guardián. Nos hizo sentar una por una en una extraña silla que tenía forma de escaleras. Era al parecer, otro detector de metal, esta vez, para determinar si llevábamos algo en nuestros genitales. "Adelante por favor".
Seguimos a un cuartucho donde nos esperaban dos guardianas. Doña rosa y yo entramos a la vez. La que le tocó a doña rosa tenía un gesto amable; le revisó las pantorrillas, tocó sus caderas, su espalda, su cabello y le dijo adelante. Mi guardiana fue un poco más precavida:
Nombre.
A quién visita.
Qué es de Ud.
¿Primera vez que viene?
Y mientras preguntaba todo esto, me dio la manoseada que ningún amante me ha dado: Pecho, entre pierna, nalgas, caderas, espalda, cuello, cabello... ni mis orejas se salvaron.
-Adelante por favor
Seguimos a un cuartucho donde nos esperaban dos guardianas. Doña rosa y yo entramos a la vez. La que le tocó a doña rosa tenía un gesto amable; le revisó las pantorrillas, tocó sus caderas, su espalda, su cabello y le dijo adelante. Mi guardiana fue un poco más precavida:
Nombre.
A quién visita.
Qué es de Ud.
¿Primera vez que viene?
Y mientras preguntaba todo esto, me dio la manoseada que ningún amante me ha dado: Pecho, entre pierna, nalgas, caderas, espalda, cuello, cabello... ni mis orejas se salvaron.
-Adelante por favor
Algo aturdida, pensé en todas mis amigas lesbianas (que no son pocas), con quienes todavía no llegué a segunda base siquiera. Esta no me invitó ni una cerveza y les ganó.
Doña Rosa me esperaba afuera del cuartucho, y al ver mi expresión me dijo:
"Ay mamita, le tocó la lesbiana. Muy de malas... "
Yo me reí y le dije que lo había disfrutado.
Seguimos por otro pasillo hasta llegar a un nuevo enrejado. "Brazo por favor": [Y con una lampara de rayos ultravioleta nos alumbraron el sello invisible. Era un osito].
No esperaba una calavera, pero qué estúpidos que nos hacen ver esos sellos infantiles, le dije al guardia. Este sonrió y contestó: "Adelante por favor". Pensé que el tenía unos ojos bonitos, una mirada noble.
Seguimos por otro pasillo y allí nos tomaron las huellas. Dejamos uno de los papelitos impresos en la entrada y la cédula. "Con el otro papel reclaman la cédula al salir. Adelante por favor."
No esperaba una calavera, pero qué estúpidos que nos hacen ver esos sellos infantiles, le dije al guardia. Este sonrió y contestó: "Adelante por favor". Pensé que el tenía unos ojos bonitos, una mirada noble.
Seguimos por otro pasillo y allí nos tomaron las huellas. Dejamos uno de los papelitos impresos en la entrada y la cédula. "Con el otro papel reclaman la cédula al salir. Adelante por favor."
Seguimos caminando por otro pasillo, el último y más largo al parecer.
-"¿A qué torre?"
A la No. 1. (yo) y a la No. 5 (Rosa)
-Sigan hasta el fondo y doble a la derecha hasta chocar con la última reja: esa es la 1. La 5 está 4 entradas antes. Allí las van encontrando.
Doña rosa se quedó a lo largo del pasillo. Nos despedimos y me deseó con un gesto de madre: que le vaya bien mamita. Igualmente mi señora, gracias por esta compañía.
-"¿A qué torre?"
A la No. 1. (yo) y a la No. 5 (Rosa)
-Sigan hasta el fondo y doble a la derecha hasta chocar con la última reja: esa es la 1. La 5 está 4 entradas antes. Allí las van encontrando.
Doña rosa se quedó a lo largo del pasillo. Nos despedimos y me deseó con un gesto de madre: que le vaya bien mamita. Igualmente mi señora, gracias por esta compañía.
Seguí caminando hasta el final del pasillo. En la entrada de la torre 1 estaban 3 guardias sentados.
-Buenos días. ¿A quién visita?
-a XxxX- XXXx-xxx.
-Espere por favor.
Entré a una especie de salón que, a través de una reja enorme, mostraba el patio de visitas de la torre 1. Pasaron alrededor de 25 minutos, los guardias seguían inmóviles. Un par de reclusos se asomaron a la reja, uno blanco y otro negro; el segundo me preguntó si podía llamar al guardia; cuando este se asomó, ambos le preguntó que cuando se desocupaban las habitaciones; "en 45 minutos hombre". El guardia volvió a sentarse afuera.
-Buenos días. ¿A quién visita?
-a XxxX- XXXx-xxx.
-Espere por favor.
Entré a una especie de salón que, a través de una reja enorme, mostraba el patio de visitas de la torre 1. Pasaron alrededor de 25 minutos, los guardias seguían inmóviles. Un par de reclusos se asomaron a la reja, uno blanco y otro negro; el segundo me preguntó si podía llamar al guardia; cuando este se asomó, ambos le preguntó que cuando se desocupaban las habitaciones; "en 45 minutos hombre". El guardia volvió a sentarse afuera.
Ambos me quedaron mirando y uno de ellos preguntó: -Y cuanto tiempo lleva ud. ahi esperando mamacita
-Como media hora, contesté.
-Uy juemadre, ¿Cómo así? ¿Media hora de visita le han robado?
-Si.. ¿No es normal que demore tanto?
-No mi reina, eso es casi que inmediato. A quién visita ud.?
-a XxxX- XXXx-xxx., contesté
-Ash! Al teacher! Lo están castigando con la reducción de los horarios de visitas, tras de que no nos dan sino dos horas
-¿Pero por qué? ¿Qué hizo acaso?
-Denunciar lo que nos hacen aquí; el es nuestro representante ante el comité de derechos humanos. Por eso se la tienen montada ahorita. Malparidos pirobos estos...
Inmediatamente me volví hacia la entrada donde estaban los guardias y subiendo el tono les dije: ¿Será que a los señores les dará la gana por fin de llamarlo? ¿O tengo que ir a poner una queja ante un superior? Dos de estos se sorprendieron ante mi tono, pero el tercero no pareció siquiera escucharme.
-Ya se lo llamamos por radio, dijo este ultimo sin expresión alguna.
No tenía manera de saber si era verdad. Regresé a la reja que separaba el patio de visitas para saber que más podía saber al respecto con los dos reclusos, pero ya se habían ido. Antes de que pudiera decir algo más a los guardias, un tercer recluso se asomó y me dijo: "pórtese bien mamacita... nunca termine aquí, que esto es muy duro", y sonrió con los dientes, pero con una tristeza infinita en la mirada que me atravesó y me dejó sin palabra. Se dio la vuelta y se fue.
Algunos 10 minutos pasaron nuevamente y el guardia sin expresión se puso de pie en mi dirección: "Nombre de su visita: es XxxX- XXXx-xxx. Abrió la reja y fue en su búsqueda. Fueron pocos los minutos que volvieron a pasar, 4 o 5, y de lejos lo vi regresar por un pasillo largo que conducía al patio de visitas. Detrás de el, alguien lo acompañaba, y con cada paso que daban mas cerca de mi entrada, el vértigo aumentaba.
Sonó el chasquido del candado y el guardia abrió la reja: "Siga". Aunque no habían ya barrotes, perros, detectores, guardias, guardianas, lamparas ultravioletas; aunque ya no quedaba nada entre ambos, sentí un abismo enorme en medio. Di tres pasos cortos hasta quedar frente a el en silencio, mirándonos, casi atravesándonos con los ojos en un intento de reconocimiento.
De mi boca solo salió un lánguido: "Hace casi 5 años que de repente desapareciste... No te reclamo, te prometo que no lo hago... Es bueno verte por fin"
Y nos abrazamos hasta casi quebrarnos los huesos.
Y nos abrazamos hasta casi quebrarnos los huesos.
Casi me partio el alma este cuento.
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