sábado, 8 de septiembre de 2012

Wednes-Day

El mércoles decidí ser buena hija y acompañar a mamá en 'las vueltas del banco'.

Mientras hacíamos 'la cola', me fatigaron los pies por estar tanto tiempo de pie y decidí sentarme en unas sillas acomodadas en el frente de la fila. Observé a mami desde allí. Tenía unas zapatillas de tamaño medio, un jean que hacia notar unos cuantos gorditos, y una camisa ancha que intentaba disimular lo anterior. El cabello recogido a manera de cebollita y su eclipsante mirada maternal de siempre.

Detrás de ella, había otra mujer que no pasaba desapercibida. Una cuarentona que a la fuerza, intentaba mantenerse joven: Tenía unos tacones negros, unos leggins que le bajaban hasta los tobillos, una blusa de tigresa ajustada a su figura que revelaba la fuerte presión de una faja, la cual parecía despojarla de toda posibilidad de respirar. También usaba unos pendientes y una cadena de color dorado, cuyo tamaño se hacía un toque extravagante a la medida de su cuello, escondía sus ojos en unos lentes oscuros y de su cabeza, por fuera de la coleta hecha a medias, sobresalían mechones rubios bastante desgastados y quemados por el amoniaco.
Me dio por todo el cuerpo un Escalosfríos y temblé de repente, cuando sentí mis pelos de punta.

Pasé mi vista a la siguiente en la fila, y esta era una mujer bastante delgada, de rasgos sencillos y pálidos. Su perfil de cuerpo a la distancia mantenía una pose desgarbada, tal y como suelo estar yo normalmente (esto me causó gracia). Esa mujer delgada también debía tener casi cuarenta años, pero era radicalmente diferente a la anterior. Tenía una falda rosada que le llegaba a la pantorrilla,  manchada de colores tierra. Un camisón verde también algo desgastado y un collar que consistía en una piedra natural, atravesada por unos hilachos de colores. Usaba una mochila en fibra de maguei, estilo kogui, recogía su cabello con sus propias rastas y tenía una mirada tranquila, aunque un poco cansada. Sus zapatos eran unas cotizas, conocidas también como alpargatas por algunos y para sorpresa mía, detrás de ella estaban dos chiquillos de algunos 8 y 12 años, de características semejantes; incluso con el cabello largo y en rastas.

Me quedé viendo los 3 cuadros por un largo rato sintiendome especialmente fascinada por el tercero. Luego me reproché por verlos de manera exótica. Después escuché los comentarios despectivos hacia esta tercera familia, observé las miradas morbosas de algunos viejos hacia la segunda cuarentona y cuando llegué nuevamente con mis ojos a mamá, la cincuentona que se veía mas joven que las anteriores, esta seguía mirándome con ese gesto que tanto me encanta y me hace sentir protegida, aún a mis 21 años.

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