Se hizo tarde pronto.
Me alisté y salí en bicicleta sobre la avenida de la Universidad. Al poco trecho me fijé que banana estaba fallando. La llanta de adelante estaba un poco suelta y cuando pedaleaba esta parecía que bailara y me hacía perder el equilibrio, me hacía tambalear. Llegué a una esquina donde parecían arreglar bicicletas...
-Buenas, por favor, ¿Puede revisarme a la niña y decirme que pena le acongoja?
El tipo me mira y se ríe. Tenía las manos completamente sucias, llenas de grasa y con una linea verde que no parecía ser removida desde hace mucho tiempo debajo de cada una de sus 10 uñas.
Me pide que me baje de ella y procede a colocarla boca arriba. La mira, la coge, la mueve, la toquetea descaradamente y yo me siento celosa, muy celosa. Nadie le ha puesto nunca las manos encima a mi bicicleta.
Veredicto final: "Tiene los rines flojos y esta desnivelada."
-Oh no, señor. Mi pobre niña. ¿Qué puede hacer por ella?
El tipo me mira alzando una ceja y dice que puede arreglarla, pero que no tiene en esos momentos uno de los aparatos que necesita. Pregunto si hay otro lugar cercano donde lo arreglen y obviamente contesta que no. Chasqueo con la boca. Le pregunto entonces si hay algún problema en que la maneje así, y asevera: Puedes perder el equilibrio, caerte, puede salirse la llanta, romperse (algo que no recuerdo) y es peligroso...
-Mmm... Suena tentador. Ando suicida hoy. Gracias Sr. Don Mecánico. Muy amable.
Así que me subí sobre ella y seguí el rumbo. Pasé cerca de un bar donde alguien gritó mi nombre. Me giré y vi una mano a lo lejos que se alzaba, di la vuelta y regresé. Reconozco un par de amigos. Me dicen que me quede, que me tome unas cervezas, les digo que muchas gracias pero que no puedo, que estoy manejando (y mientras digo esto señalo a banana). Estos se ríen socarronamente. Me despido y sigo a donde las pedaleadas me lleven. Llegué al camellón de la bahía, compré un helado de dos bolas: una de arequipe y otra de chocolate. Estaba sola, mas sola que nunca y me sentía extraña, muy extraña. "Humano, demasiado humano" recité mientras le daba lengüetazos a la de arequipe. De repente esta se resbaló del cono y cayó en la arena. Pude sentir desde lo mas profundo de mi ser una tristeza infinita y absoluta. Una nena grande llorando. Luego caminé otro rato mas y cuando acababa la bola de chocolate, llegué donde un señor que mostraba la luna a través de su telescopio por $1.200; sentí ganas así que le pagué y me dispuse a hacer la cola. Habían unos 3 niños delante de mi con sus respectivos papás. (Qué vergonzoso fue...)
Por fin llegó mi turno y la vi cerca, redonda y brillante. Parecía una menta escarchada con marcas de mordidas. No sé por qué pensé en estalactitas que la atravesaban. El dueño del telescopio me dice que los agujeros de queso son choques de meteoritos que ha recibido durante sus millones de años de vida. Me siento envidiosa de saber lo fuerte que es. De observarla tan jovial y elegante, pese a las cicatrices que han marcado su envejecido rostro. Luego pienso que es una presumida la luna. La detesto, la aborrezco. Saco mi ojo del telescopio y el dueño me dice que aún me quedan 2 min. Le digo que se los meta por el culo. Me subo a banana y me voy.
Llego al parque bolívar, y veo a lo lejos una roda de Capoeira. Me acerco y están mis antiguos compañeros practicando, me desvío entonces del camino y llego a los lados del boro, o también conocido como la zona de tolerancia. Veo indigentes/gamines/desechables (entre otras características sociales despectivas) arrojados por todos lados de los andenes. Percibo un olor dulce, como el de la leche hirviendo, que aunque detesto su sabor, huele agradable... Al parecer hoy es el día en el que todos se drogan, nadie tiene ánimos de intentar robarme. Me siento invisible y aún tengo a banana.
Regreso a casa retomando la avenida del ferrocarril. Por el camino recuerdo la noticia de los sacerdotes gays que planearon sus muertes al descubrir que tenían sida. Sacando lo polémico de la noticia, me parece extremadamente romántico y pienso en lo lindo que sería planear la muerte con la persona que amas. No dejar que les coja desprevenidos, sino sorprenderla a ella, obligarla a recogernos en las vías de un tren, haciéndole perder su cita con otro pasajero. Me siento más ridícula e invisible que nunca, y lo mejor, es que me gusta.
Por fin llegó mi turno y la vi cerca, redonda y brillante. Parecía una menta escarchada con marcas de mordidas. No sé por qué pensé en estalactitas que la atravesaban. El dueño del telescopio me dice que los agujeros de queso son choques de meteoritos que ha recibido durante sus millones de años de vida. Me siento envidiosa de saber lo fuerte que es. De observarla tan jovial y elegante, pese a las cicatrices que han marcado su envejecido rostro. Luego pienso que es una presumida la luna. La detesto, la aborrezco. Saco mi ojo del telescopio y el dueño me dice que aún me quedan 2 min. Le digo que se los meta por el culo. Me subo a banana y me voy.
Llego al parque bolívar, y veo a lo lejos una roda de Capoeira. Me acerco y están mis antiguos compañeros practicando, me desvío entonces del camino y llego a los lados del boro, o también conocido como la zona de tolerancia. Veo indigentes/gamines/desechables (entre otras características sociales despectivas) arrojados por todos lados de los andenes. Percibo un olor dulce, como el de la leche hirviendo, que aunque detesto su sabor, huele agradable... Al parecer hoy es el día en el que todos se drogan, nadie tiene ánimos de intentar robarme. Me siento invisible y aún tengo a banana.
Regreso a casa retomando la avenida del ferrocarril. Por el camino recuerdo la noticia de los sacerdotes gays que planearon sus muertes al descubrir que tenían sida. Sacando lo polémico de la noticia, me parece extremadamente romántico y pienso en lo lindo que sería planear la muerte con la persona que amas. No dejar que les coja desprevenidos, sino sorprenderla a ella, obligarla a recogernos en las vías de un tren, haciéndole perder su cita con otro pasajero. Me siento más ridícula e invisible que nunca, y lo mejor, es que me gusta.
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